Juan Reina o Juan Manuel. Un transformista debe saber donde acaba su personaje y empieza su vida real. Esta es la primera gran diferencia que clarifica en innumerables ocasiones uno de los transformistas más veteranos de Cataluña, que este 12 de agosto ha tenido el orgullo de oficiar el pregón de la Fiesta Mayor de Castelldefels (Barcelona), ciudad en la que reside y ha desarrollado parte de su vida profesional.

Juan Manuel, de 47 años, comenzó a los 14 acudiendo a shows de transformismo. Pero no fue hasta los 21 cuando debutó oficialmente. Desde entonces su carrera como artista en el mundo del espectáculo se ha consolidado de tal manera que incluso actuó en tres cabarets de París. Pero siempre hay una cosa que ha tenido clara: del espectáculo hay que poder vivir y no solo sobrevivir. En esta entrevista con Crónica Global, Juan Manuel desgrana cómo era esa atractiva Barcelona de los escenarios y la belleza de los teatros que, a lo largo de este siglo, ha ido perdiendo fuelle.

–Pregunta: ¿Cómo empezó en el transformismo?

–Respuesta: A los 14 o 15 años. Iba a locales con espectáculo y empecé a dar clases de flamenco, de teatro… pero me llamó mucho la atención el tema del transformismo, los chicos que iban vestidos de mujer en el show. Hacían papeles de Isabel Pantoja, la Jurado, Madonna, Marilyn Dietrich… Era un mundo mágico que me apasionaba.

–¿Cuándo actuó por primera vez?

–En unos carnavales a principios de los 90. Yo tenía el pelo muy largo, no como ahora que no tengo ni flequillo [ríe], iba con mi vestido de terciopelo y muy bien peinado. Los artistas de la sala, ahora compañeros, me animaron a que subiera al escenario. Me dijeron: “Va, Juan, porque no te atreves a hacer un tema”.

–¿Qué personaje escogió en ese estreno sobre el escenario?

–A la Pantoja. Que yo no soy pantojero, a mí me gustan todos los artistas, pero me encontré muy bien con ese personaje.

–¿Qué edad tenía?

–Unos 19 o 20 años.

–¿Le resultó difícil? ¿Estaba nervioso?

–Llevaba bastante formación teatral a mis espaldas y había recibido clases de flamenco. Y, la verdad, es que montarme en los tacones no se me hizo difícil. Los compañeros me dijeron que me gestionara un poco, que fuera aprendiendo… Pero en ese momento trabajaba en una pastelería y me levantaba a las cuatro de la mañana y salía a las tres de la tarde, con un solo día de fiesta a la semana. No tenía tiempo.

–Pero siguió adelante.

–Sí. Al final, sí.

–¿Dónde fue su debut oficial?

–En un local de lesbianas cerca de la calle Aribau, el Daniels, en 1994. Ya no existe. Pero recuerdo que para entrar había que picar. Estas chicas me dieron la oportunidad, vinieron un montón de amigos y rompí el hielo como transformista.

–Ahí ya actuaba como Juan Reina.

–Sí, desde el día de Carnaval que salí de la Pantoja. Los artistas que me animaron entonces me dijero que me pusiera Carmen o algún nombre así. Pero yo no me veía con nombre de mujer, quería mi nombre.

–¿De dónde viene el Reina?

–De Juanita Reina. Yo era muy folklórico y además de joven me daba un aire a Juanita Reina. Así que dije, va, Juan Reina.

–¿Cuándo le empezaron a llamar y a contratar de diferentes salas?

–Después de dos años de la sala Daniels, donde debuté. Estuve trabajando aquí y allá, hasta que poco a poco me empezaron a llamar para actuar. Pero lo más importante fue cuando me pidieron, en 1996, que trabajara en el restaurante el Barquito de Castelldefels.

–¿Qué tenía de diferente?

–Había ensayos, con una presentación y un final. También se hacían números conjuntos, todo dirigido por un amigo mío: Marvin Sala. Él me dijo: “Tu número de solista te montas lo que quieras”.

–Con esa libertad, ¿qué espectáculo decidió montar?

–Titanic. Me compré una tela muy bonita en el kilo de Canarias, de terciopelo, y me hice un montaje muy rollo época para hacer el tema de Celine Dion.

–¿Cuánto tiempo estuvo allí?

–14 años. Luego lo cogí como empresa, eran tres socios y me lo ofrecieron para dirigirlo. Estuve allí hasta 2015, que cerramos. El Barquito fue uno de los pioneros en Cataluña en hacer cena espectáculo, como la sala Bogard en Calaf o la Font Cuberta en Montcada i Reixac.

–Pero seguía actuando fuera del Barquito.

–Mi trabajo no lo he dado nunca en exclusiva a nadie. Ni cuando estaba en nómina en una agencia.

–¿Vivía bien del espectáculo?

–Mucho. Trabajaba a diario. Vivir del espectáculo es complicado, pero sobrevivir puedes hacerlo a día de hoy.

–La pandemia ha cerrado muchos locales.

–Sí. Muchos compañeros han tenido que ir a Cáritas para sobrevivir. No es ninguna deshonra ir a Cáritas, es cómodo. Yo he podido continuar bien y me dicen “has tenido suerte”. No. La suerte ni te viene ni la buscas, te la tienes que trabajar como todo y tener un plan B, yo siempre lo he tenido y no por eso soy mejor ni mucho menos.

–¿A qué se refiere con plan B?

–Pues que cuando salíamos de trabajar de la discoteca a las cinco de la mañana, algunos compañeros se iban al after o a dormir y yo me iba a trabajar.

–A parte de sus shows de transformismo, ¿en qué más trabaja?

–En una conserjería en Barcelona.

–¿Ha tenido algún problema en su empleo por ser transformista?

–No tengo que esconder nada. Hay personas que tienen que esconder su doble vida o su otro trabajo, yo no. Cuando pedí el viernes para ir al pregón de Castelldefels, porque tenía que plegar a mediodía, mi jefa me dijo: “Váyase y acuérdese de enviarme la grabación”.

–¿Qué sintió el día del pregón?

–Emoción. Por la mañana estaba haciendo la limpieza de las 11 plantas del edificio y por la tarde esperaba a que presentara el jefe de comunicación del ayuntamiento. Dije, joder, esta mañana estaba fregando y ahora estoy haciendo el pregón de una fiesta mayor.

–Reivindicó la libertad.

–Quería que fuera un pregón divertido, emotivo y reivindicativo. No soy muy activista con el colectivo porque trabajo de lunes a domingo, pero evidentemente cuando hay un orgullo o una fiesta estoy allí apoyando. Por ello, en mi pregón tenía que hacer una reivindicación a la libertad, la manera de amarnos, con quien quieras y como quieras.

–Y, además, felicitó a su madre.

–Le hice un atraco a mano armada [ríe]. Era su cumpleaños ese día y desde el balcón del ayuntamiento lo dije y la felicitó toda la plaza.

–¿El Ayuntamiento de Castelldefels le ha puesto alguna directriz o censurado el texto de su pregón?

–Ninguna. Al revés, me lo han agradecido, porque lo he hecho corto, emotivo y divertido.

–Respecto a la diversión, Juan Reina se basa en un punto cómico para hacer reír al público y que se lo pasen bien. ¿Es Juan Reina el mismo Juan vestido para trabajar en la conserjería?

–No. Cuando estoy en el show, que dura unas dos horas, estoy de Juan Reina y el resto del día estoy de Juan Manuel. Hago mucho hincapié en esto, porque hay mucha gente que no sabe dónde están los límites.

–¿A qué se refiere?

–Hay muchos compañeros que están todo el día con el personaje y se han comido a su persona. ¿Sabes por qué? Porque les gusta su personaje, pero no les gusta su vida real. Es duro, pero es así. A mi me apasiona mi personaje, pero me gusta mi vida real. Mi personaje de Juan Reina se va cuando me lavo la cara con las toallitas y el agua micelar.

–Debe ser chocante para muchas personas que lo han conocido actuando.

–Sí. Algunos me dicen “oh, que serio, no estás como el otro día”. Claro, el otro día estaba actuando de Juan Reina y ahora estoy de Juan Manuel. Soy muy claro y muy serio con esto y al final la gente que me conoce lo dice: Juan es un tío serio y profesional. Pero porque me lo he currado para que sepan que soy así.

–¿Carmen de Mairena sería un ejemplo de alguien a quien se la ha comido el personaje?

–Carmen de Mairena era una artista, lo que pasa es que al final se convirtió en personaje. Trabajó en el Cangrejo y tuvo muchas galas, era un nombre muy conocido en Barcelona. Lo que pasa es que cuando ya se metió por medio, con todos mis respetos, Cárdenas, Crónicas Marcianas… que quisieron convertirla en un personaje friki, a mi eso me daba pena. Porque era artista, Carmen no necesitaba haber llegado a hacer eso. Era una persona buena.

–Haciendo hincapié en el tema de ser artista. Usted, más allá de España, y sobre todo Cataluña, también ha actuado más allá de las fronteras.

–En París. Trabajé en tres cabarets como artista invitado español, me llevó un amigo. Fue una experiencia preciosa. Pero no he tenido que salir del territorio ni de Cataluña para trabajar y estar bien valorado en el mundo del espectáculo.

–¿Ha cambiado mucho la Barcelona del espectáculo que conoció cuando empezó y la de ahora?

–Cuando empecé el Paral·lel era Hollywood. Allí había de todo, desde vedetes, transformistas, bailarinas, travestis… Era una fauna, pero bonita, porque se vivía la noche y el espectáculo que a día de hoy no se vive. También han cambiado mucho la forma y las producciones que se hacían antiguamente en los teatros con las de ahora.

–Quizás se ha trasladado a Madrid.

–Es el concepto de salir entre semana. En Barcelona no lo tenemos, en Madrid sí. Aquí van viniendo musicales, pero en la Gran Vía de Madrid hay un montón de musicales, la gente va al teatro, se toma algo y a las 12 de la noche está en su casa. Aquí no, por eso los musicales empiezan a partir del jueves…

–Pero ahora, como artista, tampoco trabaja toda la semana.

–Los bolos que hago los fines de semana es porque quiero, me llenan profesional y económicamente. Y recuerdo que he trabajado desde el local más cutre de Barcelona, hasta El Molino, comuniones, bodas, jornadas de gente mayor… de todo.

–Su caché ahora es de 400 euros por actuación. ¿Ha tenido algún encontronazo por el precio?

–A veces a la gente le doy hostias sin manos y me sabe mal, pero los tengo que tratar así porque la ignorancia es muy atrevida. Los 400 euros no es la hora y media de show, sino que te tienes que maquillar, vestir, pensar en qué vas a hacer según el tipo de público, la música, desplazarte, hacer el trabajo, volver, deshacer la maleta… son casi 10 horas de trabajo.

–¿Se ha sentido ofendido con alguna respuesta por su caché?

–Una señora me llamó para actuar en un restaurante en Sant Cugat. Quería media hora de show y que le consiguiera un stripper. Sin problema, le pedí 300 euros en aquella época y me dijo: “¿No te parece un poco abusivo por media hora?”. Estaba entre contestarle o no. Pero le dije: “¿Verdad que usted va al supermercado a comprar y lleva dinero en el monedero? Según lo que lleve compra ofertas, marcas blancas o primeras marcas. Pues usted está hablando con una primera marca, si no la puede pagar aquí se acaba la conversación. Ni me haga perder el tiempo, ni se lo voy a hacer perder yo a usted”. A la gente le tienes que dar ostias sin manos, porque es muy atrevida con el trabajo de los demás.

–Mucha gente debe decirle que con la pandemia…

–A mi durante la pandemia no me llamaron ni para insultarme. Yo valgo esto, ese es mi caché. Si lo quieren bien y sino que se pongan Spotify o Youtube y bailen [ríe]. Esto funciona así. Yo tengo que echarles el chorizo a las lentejas, si hay cash, hay mantequilla y si no hay cash, el Spotify. Soy muy práctico.

–¿Quiénes han sido sus grandes apoyos en su carrera artística?

–Mi madre y mi marido. También todos mis amigos y la gente que me ha apoyado en los shows, pero sobre todo mi marido y mi madre.

Carlos Manzano cronica-global-logo - carlosmarmol.es

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.