Hay decisiones que, vistas desde fuera, pueden parecer un paso atrás. Volver, dicen algunos, es retroceder. Pero en el contexto del Carnaval de Santa Cruz de Tenerife, volver a encontrarse con Enrique Camacho no es mirar al pasado: es reconectar con una esencia que nunca debió perderse.
Durante los últimos años, el Carnaval ha seguido su curso en ausencia de quien fue durante casi una década uno de sus principales arquitectos artísticos. Y conviene decirlo con claridad: no han sido años desastrosos. Las galas han tenido momentos destacables, instantes icónicos que han demostrado que el Carnaval chicharrero sigue siendo una maquinaria cultural potente, incluso sin una de sus figuras clave. Reducir ese periodo a una etapa fallida sería injusto.
Sin embargo, tampoco han sido años plenamente memorables. Se ha notado cierta irregularidad, una búsqueda constante de identidad, de ritmo, de ese “algo” intangible que convierte una gala en una experiencia colectiva inolvidable. Algunas críticas han sido desmedidas, llegando a calificar ciertas ediciones como carentes de alma o incluso como errores. No comparto esa visión tan extrema. No fueron galas horrendas ni aberraciones escénicas. Pero sí es cierto que, en ocasiones, dejaron una sensación de oportunidad a medio construir.
Y es ahí donde cobra sentido este regreso.
Porque el Carnaval de Santa Cruz de Tenerife no es solo una suma de actuaciones, ni un desfile de talento individual. Es una narrativa, un pulso, una identidad que se construye desde la dirección artística. Y en ese lenguaje, Enrique Camacho ha sido —y sigue siendo— una referencia.
Volver a él no es una renuncia a la innovación, sino una apuesta por el equilibrio. Es entender que tradición y renovación no son conceptos opuestos, sino complementarios. Que avanzar también implica saber a quién escuchar, reconocer qué ha funcionado y por qué.
Para muchos carnavaleros, este reencuentro no es solo una decisión organizativa: es una alegría. Una de las mayores. Porque en el fondo, el Carnaval necesitaba entenderse de nuevo con Camacho. Y quizás, siendo honestos, Camacho también necesitaba volver a dialogar con su Carnaval.
No se trata de nostalgia. Se trata de identidad.
El tiempo dirá si esta etapa marca un nuevo esplendor para las galas. Pero lo que ya es evidente es que este “volver” no suena a retroceso. Suena, más bien, a reencuentro. A ajuste necesario. A recordar quiénes somos para saber mejor hacia dónde queremos ir.
Y eso, en el Carnaval, siempre ha sido el verdadero espectáculo.