Gonzalo Castañeda dedica un emotivo texto en redes sociales a los murgueros de una época irrecuperable. Habla de una generación forjada en El Cardonal, de derrotas con dignidad y del adiós reciente a Lolo “el Negro”. Un homenaje a los que nunca se irán del todo.

El Carnaval no entiende solo de temas afinados o pasacalles coreografiados. Entiende, sobre todo, de memoria. Y de memoria va la reflexión que Gonzalo Castañeda ha compartido en sus redes sociales. Un escrito que retrata a una generación irrepetible de la murga Los Bambones: la que él bautiza como la “Quinta del Cotena”, en recuerdo de aquel primero que se fue. Porque, como afirma el propio Castañeda, uno no desaparece mientras siga habitando en la memoria ajena.

Aquellos hombres de El Cardonal

Gonzalo Castañeda mira atrás y ve a un grupo de hombres que, como los grandes futbolistas de la Quinta del Buitre en aquel Madrid galáctico, construyeron una época. No con botas ni con goles, sino con disfraces, ironía y vocación de barrio. Eran vecinos de El Cardonal, su barrio, y compartían algo más que ensayos: compartían una devoción inquebrantable por los colores de su murga.

Los nombra uno a uno, aunque el tiempo le haya arrebatado algún nombre propio. Habla de José María, del Suspi, de Falo y del propio Cotena —el primero en marcharse, el que da nombre a esa quinta legendaria—. Y los nombra en presente continuo, porque la memoria, cuando es verdadera, no entiende de pasados.

Eran, según Castañeda, murgueros de trinchera. Batallaban cada año contra las dificultades para esculpir un estilo propio y sellar a fuego una identidad. No les movía el afán de trofeos ni el reconocimiento fácil. Les movía la clase, la categoría personal, la ironía limpia y ese genuino espíritu murguero que se respiraba en cada ensayo y en cada actuación.

La grandeza de perder con dignidad

Castañeda es contundente: en sus orígenes, la grandeza de Los Bambones no residía en la afinación de sus voces ni en la afilada pluma de sus letras. Su verdadero patrimonio era otro. Era esa capacidad para caminar con la cabeza alta incluso después de una derrota. Lo cuenta con una imagen poderosa: la de él mismo junto a su cuñado, el Pulpo, arrastrando la fatiga de una final con las manos vacías de cartones. Bastaban dos pasos para que cualquier espectador, incluso seguidores de otras murgas, les gritaran: “¡Bambón, se merecían el tercero!” o “¡Bambones, ustedes fueron los mejores!”.

Esa, precisamente, fue la forja de su leyenda. No en las victorias, sino en el transitar de la derrota inmerecida. Allí, edición tras edición, fue naciendo el alma de lo que hoy representa su pasacalles. Allí germinó la admiración y el cariño de todo el Carnaval hacia la murga del Cardonal, el barrio donde Castañeda nació.

“Esa que, edición tras edición, desplegaba un repertorio soberbio para luego regresar a casa con las manos vacías, pero con el corazón lleno y la sonrisa intacta”, escribe.

El adiós a Lolo el Negro: otro pedazo de infancia que se va

Hoy, con lo que él llama “sombría fatalidad”, a esa estirpe se suma la pérdida de Lolo el Negro. Con él se marcha otro fragmento de su infancia y de su adolescencia, “un pedazo irrenunciable de mi propia biografía”.

Castañeda recuerda que hace apenas tres meses sus caminos se volvieron a cruzar tras años de distancia. El abrazo de Lolo conservaba el mismo calor de cuando eran jóvenes. Se reencontraron en una despedida: Lolo acudía a despedir a su amigo y, con su humor característico, le pidió que le fuera preparando un cubata allá arriba. “Jamás pude sospechar que aquella sentencia albergara una promesa tan inminente, tan ferozmente firme”, confiesa.

Los años de sequía y los momentos que son ceniza

El escritor repasa entonces, como una oleada, los recuerdos que la memoria le asalta sin tregua. Campeonatos de ping-pong en el salón de Bambas, contiendas interminables al futbolín, torneos de envite y fútbol sala en Cofarte, en Somosierra, en el Pérez Soto. Evoca las chuletadas que solo terminaban cuando el frío y la oscuridad del monte los echaban. Y aquellas Nochebuenas y fines de año en Las Chumberas, en casa de sus abuelos, en el garaje de Carmelo o en cualquier local familiar improvisado como discoteca bambonera.

“Tanta vida concentrada. Tantos momentos que ahora son ceniza en el tiempo”, lamenta.

Los guardianes de la llama que aún resisten

Pero no todo es pérdida. Aún resiste algún Bambón de aquella quinta gloriosa. Castañeda los nombra como guardianes de la llama: Julio Alexis, Juan Antonio, Katuxa —aún en la murga—. Ellos sabrán honrar a los que se fueron y mantener vivo el espíritu, la razón de ser, ese hondo sentido de la murga. “Sus voces y sus pitos seguirán siendo el pulso firme que haga que este corazón siga latiendo bambón”, asegura.

Hoy, al observar las filas actuales de la murga, Castañeda comprueba con crudeza que cada día quedan menos de esos murgueros de cuna, de los de antes. Es la señal inequívoca de que envejecen, de que las despedidas se tornan inexorables y recurrentes.

Un homenaje entre lágrimas y sonrisas

“Pero hoy no quería, ni podía, dejar de recordarte con estas líneas como humilde homenaje”, escribe dirigiéndose a Lolo. Confiesa que le ha llorado al enterarse. Y señala la contradicción: lágrimas mientras le recuerda sonriendo con sus ocurrencias.

“Hoy se va, aunque nunca del todo, una parte más de una de las etapas más bonitas de mi vida”, concluye.

La memoria como resistencia

El texto de Gonzalo Castañeda no es solo una despedida. Es un acto de resistencia contra el olvido. Porque, como él mismo afirma al principio, uno no desaparece mientras siga habitando en la memoria ajena. Y mientras haya alguien que recuerde a la Quinta del Cotena, mientras haya un vecino de El Cardonal que repita el grito de “¡Bambones, ustedes fueron los mejores!”, la murga seguirá viva. Aunque los años pasen. Aunque las derrotas duelan. Aunque Lolo el Negro ya no esté para echar un cubata allá arriba.

El Carnaval, al fin y al cabo, es eso: una cadena de recuerdos que se pasan de unos a otros. Y Los Bambones, gracias a esta reflexión, han sumado un eslabón más.

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