Cien años hace de la muerte de Camille Saint-Saëns, y ciento treinta y cinco del estreno de “El carnaval de los Animales”. Esta joya del humor musical avergonzó al compositor hasta el extremo de prohibir su ejecución pública, con la única excepción del penúltimo de los 14 sketches: la celebérrima “Muerte del cisne”. Las ironías del destino quisieron convertir la suite en la pieza superpopular del autor, mucho más importante que ella misma pero reticente del carcajeo en la sala.

La historia de la música está llena de propuestas de humor, estado de absoluta necesidad para el alma. Numerosos son los autores de varias lenguas que han verbalizado los bichos de Saint-Saëns como metáfora jocosa del carácter nacional y sus facetas, así como de los tipos humanos que mejor reflejan esos estereotipos. Los textos y acciones teatrales se suman a la música para crear algo parecido a la farsa, la arlequinada o el cabaret… como géneros de crítica social.

El Festival canario tardó 37 años (los de su fecundísima vida) en programar el humor. Un excelente cuarteto farsesco, “Abubukaka”, ha dado clara voz e inconfundible acento canario a los mecanismos más eficaces de la juglaría, ideando anécdotas, gestos y palabras que todos reconocemos pero suenan impregnados de originalidad en sus escarceos con la poética jocosa del compositor, artista bien informado de nuestra cultura en siete estancias grancanarias relacionadas con su salud, y también con sus afectos.

Los cuatro actores de Abubukaka , magníficos, divirtieron al público con su dislocado pero muy chispeante estilo con y contra la idiosincrasia insular, incluido el público que llenaba el Auditorio y aplaudía sin descanso (y también contra los críticos musicales, sin duda los más perversos…).

Amanhui Cabrera, Diego Lupiáñez, Víctor Hubara y Carlos Pedrós, incansables y atrevidos, demostraron una excelente cultura actoral y juglaresca, incluidas habilidades circenses de seguro efecto.

Y los diez instrumentistas, dirigidos muy profesionalmente por Ignacio García Vidal, honraron con su calidad al compositor y a su música. Fueron ellos el flauta Texenén Reyes, la clarlinetista Laura Sánchez, el percusionista Manuel Guerra, los pianistas Víctor Naranjo e Isaac Martínez (extraordinarios), los violinistas Néstor Henriquez y Judith Verona, el viola Rafael Alvarado Urdaneta, la chelista Caterina Trujillo Alonso (delicada solista del Cisne) y la contrabajista Samantha de León Fernández. Gran aplauso para todos.

Un detalle: durante “La muerte del cisne” no salieron a escena los actores, tal vez solidarios con Saint-Säens en la excepción nada humorística de este poema triste y sutil.

G. García-Alcalde

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