Boceto de la idea de Juan José Monzón (Los Rumberos), para el carnaval chicharrero

La noticia de que el Paseo de la Fama del Carnaval de Cádiz sumará una estrella dedicada a Juan Carlos Aragón invita a mirar hacia Canarias con una pregunta inevitable: ¿por qué no aplicar un formato similar en carnavales como los de Tenerife, Las Palmas de Gran Canaria o Arrecife? En Cádiz, el homenaje se ubicará en la Plaza Fragela, junto al Teatro Falla, y servirá también para recordar el séptimo aniversario del fallecimiento del autor, con actuaciones y una tertulia sobre su obra.

Canarias tiene materia, historia y emoción suficientes para crear su propio paseo de la memoria carnavalera. No se trataría de copiar por copiar, sino de adaptar una idea poderosa: convertir el espacio público en un lugar de gratitud. Una estrella, una placa o una loseta con nombre propio puede parecer un gesto sencillo, pero tiene una fuerza simbólica enorme cuando reconoce a quienes levantaron el Carnaval desde la música, la murga, la comparsa, la fantasía, la dirección artística, la presentación, el diseño o la calle.

En Tenerife, Las Palmas de Gran Canaria o Arrecife hay figuras que ya no están con nosotros y que merecen seguir presentes más allá del recuerdo oral. El Carnaval vive de la memoria colectiva, pero esa memoria necesita lugares donde detenerse. Un paseo de la fama carnavalero permitiría que vecinos, visitantes y nuevas generaciones supieran quiénes fueron esas personas que hicieron grande la fiesta.

Además, sería una herramienta cultural y turística. Igual que Cádiz vincula su homenaje al entorno del Teatro Falla, Canarias podría situar estos reconocimientos en espacios ligados a sus galas, concursos y celebraciones. No como un mausoleo, sino como un recorrido vivo: un lugar para visitar, fotografiar, explicar y sentir.

La clave estaría en hacerlo bien. Con criterios claros, participación del sector carnavalero y sensibilidad hacia las familias. No debería convertirse en una lista improvisada ni en una competición de nombres, sino en un reconocimiento anual, meditado y plural. Que entren los grandes rostros conocidos, sí, pero también quienes trabajaron durante décadas desde la sombra.

El Carnaval no solo se celebra: también se hereda. Y si Cádiz ha entendido que sus autores merecen pisar la eternidad en forma de estrella, Canarias debería plantearse seriamente hacer lo mismo. Porque hay carnavaleros y carnavaleras que se fueron, pero siguen saliendo cada febrero en una letra, en una fantasía, en una máscara o en una ovación. Solo falta darles un lugar permanente bajo nuestros pies y dentro de nuestra memoria.

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