El director artístico de las fiestas capitalinas defiende el impacto económico, laboral e identitario de la celebración tras la comparación del prelado sobre el coste de la visita del papa

Las carnestolendas vuelven a estar en el centro de un debate que no les pertenece. El obispo de Canarias, José Mazuelos, lanzó hace unos días una frase que ha circulado como la pólvora: “La visita del papa será más barata que los Carnavales”. Una afirmación que, dicha en el contexto de la polémica por el creciente presupuesto del viaje de León XIV al Archipiélago, no ha sentado nada bien en el mundo de la fiesta.

Quien ha cogido el guante —con elegancia, pero sin titubeos— ha sido Josué Quevedo, director artístico del Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria. A través de sus redes sociales, Quevedo ha respondido con un mensaje claro, medido y contundente: no se puede enfrentar lo que no es comparable, y desde luego no se debe utilizar el Carnaval como un señuelo para desviar la atención de las cifras del viaje pontificio.

“Con todo el respeto, no ayuda al debate”
Quevedo comenzó su intervención reconociendo la autoridad moral del obispo, pero dejando claro que la comparación es, cuando menos, desafortunada. “Creo que comparar la visita del Papa con el Carnaval no ayuda al debate”, escribió en una historia de Instagram que rápidamente se llenó de apoyos y réplicas.

Su argumento es sencillo y a la vez demoledor: la discusión sobre los 25 millones de euros que costará la visita de León XIV a España —y en particular los dos millones que aportará el Gobierno de Canarias— debe hacerse con transparencia y con datos, pero sin utilizar la fiesta más popular del Archipiélago como contraste. Porque, advierte Quevedo, son dos fenómenos de naturaleza, objetivos y presupuestos radicalmente distintos.

El Carnaval no es un gasto, es una inversión
Frente a la idea implícita en la frase del obispo —que el Carnaval sería un dispendio evitable—, el director artístico desgranó lo que cualquier carnavalero sabe pero que a veces se olvida en los debates de salón: la fiesta genera empleo, actividad económica y movimiento durante semanas enteras.

Hoteles que llenan sus habitaciones, restaurantes que doblan el servicio, taxis que no dan abasto, comercios que venden disfraces y complementos, empresas de sonido e iluminación que trabajan a pleno rendimiento, talleres de vestuario que dan vida a fantasías, equipos de seguridad y logística que montan y desmontan escenarios… Detrás de cada comparsa, cada murga y cada gala hay un entramado de pequeñas y medianas empresas que dependen del Carnaval para respirar.

Quevedo lo resumió en una frase: “Es una parte fundamental de nuestra identidad cultural”. Y la identidad, cuando además mueve millones, no es un capricho: es un activo.

Las cifras que avalan la fiesta
Por si alguien dudaba del peso económico del Carnaval capitalino, los informes encargados por el Ayuntamiento hablan por sí solos. En su edición de 2025, la fiesta generó un valor de comunicación de 80,92 millones de euros, con 2.679 apariciones en medios, una audiencia potencial de más de 3.327 millones de impactos y un valor publicitario equivalente cercano a los 27 millones.

No son datos inventados. Son el resultado de un trabajo profesional de promoción y de una marca —el Carnaval de Las Palmas— que ha sabido venderse al mundo. Y todo ello mientras se celebraba además el 50 aniversario de unas carnestolendas que la Sociedad de Promoción de la Ciudad considera el evento más relevante del año por su repercusión social, económica y turística.

La visita del papa, en cifras
Para entender la polémica, conviene recordar los números del viaje de León XIV. El presupuesto total ha ido creciendo: de una previsión inicial de 15 millones de euros se ha pasado a 25 millones, según confirmó esta semana Fernando Giménez Barriocanal. De esa cantidad, el 45% procederá de benefactores privados, el 30% de las diócesis y la Conferencia Episcopal, el 20% de las administraciones públicas y el 5% de pequeños donativos. El 85% del gasto se destinará a los actos oficiales.

En el caso canario, el Ejecutivo autonómico ha anunciado dos millones de euros para sufragar parte del evento, un millón para cada obispado. A ello se suman las aportaciones de los cabildos de Gran Canaria y Tenerife. La visita obligará además a suspender las clases el 11 de junio en Gran Canaria y el 12 en Tenerife, y movilizará a 1.200 policías nacionales, 600 guardias civiles y cuatro hospitales de campaña. Se esperan 80.000 personas en el entorno del Estadio de Gran Canaria y más de 50.000 en el puerto de Santa Cruz.

El obispo y el contexto
Mazuelos lanzó su comparación en un momento en que la financiación del viaje pontificio empieza a generar cierta incomodidad en sectores políticos y sociales. Decir que la visita del papa será “más barata que los Carnavales” puede interpretarse como un intento de relativizar el coste: si la fiesta popular cuesta lo suyo y nadie se escandaliza, ¿por qué iba a hacerlo un acontecimiento religioso?

El problema, como bien apunta Quevedo, es que el Carnaval no es solo una partida de gasto. Es un motor económico probado, una fábrica de empleo temporal y fijo discontinuo, y un altavoz para la marca Canarias en el mundo. Comprar peras con manzanas no ayuda a la transparencia, sino todo lo contrario: enturbia el debate.

“No son enemigos”
El mensaje de Quevedo no fue un ataque al obispo ni a la visita papal. Al contrario. El director artístico cerró su intervención con una idea de convivencia: “No son enemigos; ambos pueden convivir”. Lo que pide es que no se utilice el Carnaval como un contraste fácil para justificar o relativizar otros gastos públicos.

Porque si de verdad se quiere hablar de números, que se hable con todos los números. Y si se quiere hablar de valor cultural, que se reconozca que la fiesta popular —con sus excesos, sus colores y su crítica— es tan merecedora de respeto como cualquier ceremonia religiosa.

Poner en valor el Carnaval es también defenderlo de los tópicos
A veces, la mejor manera de honrar el Carnaval no es solo disfrazarse y salir a la calle, sino también explicar lo que es: una industria cultural, un fenómeno sociológico, una tradición viva y un derecho de los ciudadanos a celebrar. Josué Quevedo lo ha hecho esta semana con altura. Y sus palabras resuenan más allá de Instagram, porque tocan una fibra sensible: la de quienes saben que el Carnaval, lejos de ser un gasto superfluo, es una de las pocas cosas que aún mantienen vivo el tejido económico y emocional de muchas familias en las Islas.

Que el obispo Mazuelos reflexione sobre sus palabras. Mientras tanto, el Carnaval sigue ahí, esperando su momento. Y cuando llegue, volverá a demostrar, como cada año, que es mucho más que lo que cuesta: es lo que aporta.

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