Otros temas dentro del mundo murguero: el valor de las fases en la puntuación final
Dentro del debate permanente que rodea al mundo murguero, hay un asunto que, aunque técnico en apariencia, tiene profundas implicaciones en la esencia del concurso: el peso de las fases frente a la final en la puntuación total.
Tradicionalmente, el sistema contemplaba una suma de las puntuaciones obtenidas en las fases y en la final, lo que permitía valorar el recorrido completo de cada murga. Este modelo premiaba la regularidad, el trabajo global del repertorio y la capacidad de mantener un nivel alto desde el inicio hasta el desenlace del concurso. En otras palabras, ganaba la murga más completa.
Sin embargo, la eliminación del peso de las fases en la puntuación final ha cambiado radicalmente este enfoque. Hoy, el resultado se decide prácticamente en una sola noche: la final. Esto ha provocado un giro evidente en la estrategia de muchas agrupaciones, que concentran sus mayores esfuerzos en ese momento decisivo, dejando en ocasiones fases menos sólidas o menos arriesgadas.
Este cambio no ha estado exento de polémica. Basta recordar concursos como los de 2014 con ‘The Fasnia ande está , detrás de El Escobonal’ de Los Diablos Locos o en el 2015, con ‘El Quiosquero’ de La Traviata, donde actuaciones memorables —auténticas piezas de antología— no lograron alzarse con el primer premio. Repertorios que marcaron al público y que, bajo el antiguo sistema, probablemente habrían tenido otro desenlace. Estos casos evidencian que el modelo actual puede dejar fuera del reconocimiento máximo a propuestas de enorme calidad y coherencia global.
Ahora bien, tampoco parece razonable regresar a un sistema en el que la fase tenga el mismo peso que la final. La final, por su propia naturaleza, debe ser el momento culminante, el escenario donde se concentre la máxima exigencia y espectáculo. Pero eliminar por completo la influencia de las fases es, sin duda, un error.
Quizá la solución pase por encontrar un equilibrio más justo. Un modelo en el que la final tenga un peso predominante —por ejemplo, un 80%— pero donde las fases aporten un 20% que valore el recorrido y la consistencia. De esta manera, se seguiría incentivando una gran final sin desincentivar el esfuerzo en las fases previas.
Porque si algo está claro es que el sistema actual nos aboca a finales muy potentes… pero fases más débiles. Y el carnaval, en su conjunto, merece algo más que una sola noche brillante: merece un desarrollo completo, competitivo y de calidad desde el primer día hasta el último aplauso.