La vecina de Cuesta de Piedra, inconfundible por ser siempre la primera en la venta de entradas para los actos grandes de Santa Cruz, fallece en víspera de Reyes dejando un legado de fidelidad a la tradición festiva.

El corazón de la fiesta popular de Santa Cruz de Tenerife ha perdido a uno de sus personajes más queridos y silenciosos. María Alayón, vecina del barrio de Cuesta de Piedra, falleció en la madrugada de este 5 de enero, justo en la víspera del Día de Reyes, dejando un vacío en el ritual previo a las grandes celebraciones de la ciudad. Sin ser artista ni figurante, se había convertido en un icono popular por una razón: su inquebrantable presencia, año tras año, como la primera persona en la cola para la venta de entradas, ya fuera para el recibimiento de los Reyes Magos en el Heliodoro o para los concursos del Carnaval.

Su fidelidad a la tradición fue literalmente hasta el final. El pasado 29 de diciembre, como era su costumbre, acudió junto a su hermana Carmen Delia a la venta de entradas para el acto de Reyes, a pesar de arrastrar las molestias de una caída reciente. Aguantó 21 horas de espera a la puerta del Pabellón Quico Cabrera, logrando las seis localidades máximas permitidas. Este esfuerzo, que para ella era un rito de pasión, se complicaría en los días siguientes, conduciendo al desenlace fatal.

Una defensora del ritual y del barrio

Nacida el 14 de marzo de 1963, María Alayón era una ferviente defensora del sistema tradicional de venta de entradas en taquilla. Para ella, la larga espera en cola no era una molestia, sino parte fundamental de la experiencia festiva, un momento que alimentaba la expectación y el espíritu comunitario previo al evento. Se declaraba orgullosa de su barrio, Cuesta de Piedra, y con su actitud encarnaba el arraigo popular más auténtico.

Era, además, una incondicional de la murga Diablos Locos, un dato que completa el perfil de una mujer cuya vida giraba en torno a los hitos del calendario festivo santacrucero.

El símbolo silencioso de la grada

María Alayón representaba algo esencial y a menudo anónimo: la pasión del público, la razón de ser última de cualquier fiesta. Era el rostro de esas miles de personas que, con meses de antelación, planean y esperan con ilusión los grandes espectáculos de Reyes y Carnaval. Su figura personalizaba la fidelidad de la grada, ese “pulmón” sin el cual la fiesta perdería su sentido.

Su muerte, en la antesala precisamente de una de las citas que tanto amaba, cierra la historia de una vida dedicada a celebrar, desde el lugar del aficionado más entregado, la cultura popular de su ciudad. No subió a un escenario, pero su lugar en la cola era su propio protagonismo. Con su ausencia, Santa Cruz pierde un trozo de su memoria festiva y un testimonio vivo de que la magia de las fiestas también se construye, con paciencia y devoción, desde la calle.

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