Los propietarios del coso taurino sopesan el futuro de su inversión mientras el Plan Especial de Los Hoteles-Pino de Oro sigue paralizado. Entre 1985 y 1988, este escenario fue el epicentro de la fiesta que conquistó un Guinness y dio voz a Celia Cruz.

En el corazón del distrito de Los Hoteles-Pino de Oro, el emblemático coso de la capital chicharrera se enfrenta a un nuevo e incierto capítulo en su larga historia. Los accionistas de la Plaza de Toros de Santa Cruz de Tenerife tienen previsto convocar un cónclave en los próximos días, con el objetivo de dirimir si procede o no dar luz verde al Programa de Actuación sobre el Medio Urbano (PAMU) que ya fue esbozado ante el consistorio en el mes de septiembre del pasado año. La decisión, sin embargo, pende de un hilo debido a la parálisis que afecta al Plan Especial de Protección del entorno donde se asienta el inmueble.

Rodrigo Cano, portavoz autorizado del colectivo de dueños del inmueble, ha confirmado a este periódico que la asamblea inminente busca reavivar el debate sobre el PAMU. Esta herramienta urbanística, presentada al Ayuntamiento hace ya doce meses, quedó en un segundo plano bajo la esperanza de que la Concejalía de Urbanismo agilizara la tramitación del citado Plan Especial. Dicho instrumento es considerado por los inversores como la llave maestra que permitiría intervenir de forma efectiva sobre la totalidad del recinto y su contexto.

Un Urbanismo colapsado y prioridades cambiantes

Desde entonces, el diálogo entre los propietarios y la Gerencia de Urbanismo ha sido prácticamente inexistente. Los titulares del inmueble se han abstenido de avanzar en el PAMU, conscientes de que se trata de un proceso extremadamente costoso y cuya culminación burocrática podría alargarse hasta los dos años. Pese al estancamiento, Cano ha querido poner en valor la actitud de la gerencia, que bajo la dirección de la concejal Zaida González (PP), ha mostrado “el mayor interés y preocupación” por destrabar el Plan Especial y ofrecer una solución a la situación del coso.

No obstante, la realidad de los hechos ha impuesto su curso. El plan se halla actualmente congelado a causa de la sobrecarga de trabajo que padece la gerencia, un extremo que la propia edil González reconocía recientemente por escrito al responder una interpelación del Grupo Municipal Socialista. Urbanismo ha centrado sus limitados recursos humanos y técnicos en proyectos calificados de mayor calado para la urbe, tales como el definitivo Catálogo de Protección, las retoques menores del PGOU-05 o la redacción del ambicioso nuevo plan general de ordenación.

Entre la reactivación y la desorientación

Ante este escenario de bloqueo, los dueños de la plaza se ven abocados a tomar decisiones. La reunión tiene como objeto primordial decidir si se reactiva la vía del PAMU —un mecanismo que no autoriza una intervención inmediata, pero sí podría adelantar trámites de cara al futuro— y, en caso afirmativo, solicitar un nuevo encuentro con el Ayuntamiento de cara al próximo mes de septiembre. Cano no ha ocultado el desánimo que cunde entre los inversores, confesando a este diario que los accionistas se sienten “profundamente desconcertados y perdidos” en el laberinto administrativo.

Un rosario de demoras con sabor a historia

Los retrasos que arrastra este Plan Especial no son nuevos ni fruto del azar. Ya en 2019, la consultora encargada de su redacción original abandonó el proyecto tras los continuos vaivenes introducidos por el Cabildo Insular, que exigió una ampliación forzosa del perímetro de protección. Más tarde, en 2023, el consistorio adjudicó la actualización del documento a una nueva firma, que debía entregar el borrador preliminar en abril de 2024. Sin embargo, la entrega se produjo de forma extemporánea y con deficiencias de contenido, lo que motivó que la propia Gerencia de Urbanismo asumiera internamente la responsabilidad de finalizar el texto.

Ahora, con la gerencia desbordada por sus múltiples frentes, el plan aguarda en un cajón. Fuentes municipales indican que su tramitación no se reanudará hasta que no se vayan desbloqueando el resto de grandes proyectos urbanísticos que gestiona el área, dejando al coso y a su entorno sumidos en una espera que se antoja, una vez más, interminable.

Valor patrimonial: cuando el Carnaval hizo historia entre sus muros

Pero si hay un argumento que trasciende lo económico y lo burocrático, ese es el emocional. La Plaza de Toros de Santa Cruz no es un mero edificio diáfano; es un testigo de piedra y hierro de la arquitectura neomudéjar canaria, diseñada por el ingeniero Manuel de Cámara y finalizada en 1893. Sin embargo, su verdadera grandeza no solo reside en su estructura, sino en los latidos que ha albergado.

Fue entre 1985 y 1988 cuando este coso vivió su época dorada como templo del Carnaval chicharrero, declarado de Interés Turístico Internacional. En 1985, los principales concursos saltaron desde el acogedor Teatro Guimerá a la inmensidad de la Plaza, multiplicando el aforo y convirtiendo las galas en acontecimientos multitudinarios. Al año siguiente, 1986, la creatividad se desbordó con un escenario giratorio con forma de corona que costó 34 millones de pesetas, y se inició la tradición de los grandes conciertos con la actuación de los Billo’s Caracas Boys.

Pero fue 1987 el año del salto a la fama mundial. La actuación de la inolvidable Celia Cruz, junto a la apoteosis de la fiesta, contribuyó a que Santa Cruz entrara en el Libro Guinness de los Récords. Ese mismo año se estrenó la primera temática oficial del Carnaval —“Roma”—, y la Gala de la Reina coronó a Mónica Raquel Estévez con una fantasía de 300 kilos que hoy descansa como reliquia en la Casa del Carnaval. El ciclo cerró en 1988 con el tema “La Selva”, donde una colosal figura de King Kong se alzó sobre el ruedo, despidiendo una etapa que quedaría grabada en la memoria colectiva.

Aquellos cuatro años no fueron simples ediciones festivas; convirtieron a la Plaza de Toros en el ombligo de la ciudad, en el escenario donde la fantasía, el color y la música popular encontraron su máxima expresión. Perder ese espacio, o dejarlo caer en el olvido y el deterioro, no sería solo una pérdida arquitectónica, sino un borrón en la memoria viva de varias generaciones de chicharreros.

La decisión que tomen los accionistas en las próximas semanas no solo determinará el futuro financiero de una inversión, sino que sentará un precedente sobre el respeto y la puesta en valor de uno de los últimos bastiones históricos que aún respiran en el paisaje urbano de la ciudad. Un bastión que, durante cuatro años mágicos, fue testigo de cómo el Carnaval se convertía en leyenda.

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