Hay momentos en el Carnaval que pasan a la historia no por lo que estaba previsto, sino por lo que alguien se atrevió a hacer cuando todo parecía torcerse. Y ese fue, sin duda, el día en que Alexis Hernández decidió parar una final.

A veces no nos damos cuenta —o no le damos la importancia que merece— de lo que significa para un murguero el día de su final. No es solo una actuación: es el resultado de meses de ensayo, de sacrificio, de convivencia y de ilusión. Es, en muchos casos, el momento más importante del año. Por eso, lo que ocurrió en la final de murgas del Carnaval de Santa Cruz de Tenerife de 2019, justo antes de que la pandemia cambiara nuestras vidas, sigue resonando con fuerza en la memoria colectiva.

Aquella noche todo parecía transcurrir con normalidad hasta que Diablos Locos comenzó su actuación. La murga, una de las más esperadas, traía preparado un emotivo homenaje a Bolodia, madre de Maxi Carvajal —director en ese momento— y abuela de Tomy Carvajal, actual director. Sin embargo, lo que debía ser un inicio brillante se convirtió en desconcierto: una parte importante del grupo quedó en silencio. Los micrófonos, simplemente, no funcionaban.

El problema, según se supo después, pudo deberse a un accidente técnico: alguien habría pisado una caja de registro tras la actuación de la Afilarmónica Ni Fú-Ni Fá, encargada de abrir la final como cada año. Pero en ese instante, poco importaba el origen del fallo. Lo que se sentía era frustración, incredulidad y un creciente malestar tanto en el público como en los propios componentes.

Y entonces ocurrió lo inesperado.

En un entorno donde parar una final puede parecer impensable, donde el ritmo del espectáculo manda y las decisiones deben tomarse en segundos, Alexis Hernández hizo lo que pocos habrían hecho: detuvo la final. No fue un gesto impulsivo, sino un acto de responsabilidad, de conocimiento profundo de la fiesta y, sobre todo, de respeto.

Porque entendió algo fundamental: el público murguero, con todo su fervor y su pasión —a veces malinterpretada como fanatismo—, es ante todo amante del Carnaval y de sus protagonistas. Y no hay mayor injusticia que privar a una murga de cantar en igualdad de condiciones.

Durante aproximadamente 10 minutos, la final quedó en pausa. Tiempo en el que la tensión se mezcló con la incertidumbre, pero también con momentos que ayudaron a aliviar la espera, como la intervención de la mascota de Diablos Locos, que supo conectar con el público y mantener viva la energía del recinto.

Finalmente, se solucionó el problema técnico. Y cuando Diablos Locos volvió a empezar, lo hizo como debía: con todos sus efectivos, con todos sus micrófonos, con toda su alma. El homenaje a Bolonia pudo escucharse completo, tal y como había sido concebido.

Lo que ocurrió aquella noche no fue solo la resolución de un fallo técnico. Fue una lección. Una demostración de que el Carnaval no es únicamente espectáculo, sino también justicia, respeto y compromiso con quienes lo hacen posible.

No todo el mundo puede parar una final. Hace falta templanza, criterio y, sobre todo, amor por la fiesta. Y aquel día, Alexis Hernández no solo presentó una final: la salvó.

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