Durante los años más difíciles de la historia reciente de Canarias, cuando la libertad de expresión estaba limitada y cualquier crítica podía encontrarse con la censura, el humor encontró caminos para sobrevivir. Las murgas, los personajes populares, las viñetas de prensa, la radio y, posteriormente, los monólogos se convirtieron en espacios donde la sociedad podía reírse de sus propias dificultades y, en ocasiones, lanzar mensajes que de otro modo difícilmente habrían podido hacerse públicos.
El Carnaval desempeñó un papel especialmente relevante en este proceso. Aunque durante la dictadura la celebración quedó oficialmente apartada del calendario bajo la denominación de Fiestas de Invierno, la esencia de estas fiestas logró mantenerse viva. Tras las canciones, las bromas y la ironía existía también una manera de cuestionar las normas sociales y de expresar el sentir de una parte de la población.
Esta relación entre humor, Carnaval y sociedad ha sido objeto de estudio por parte del historiador Ricardo Rizo, en una investigación dirigida por el profesor Domingo Garí y desarrollada en el marco de sus estudios de Historia en la Universidad de La Laguna. Su trabajo analiza diferentes manifestaciones humorísticas de Canarias durante el franquismo y la Transición, desde las murgas hasta la prensa gráfica, la radio y el humor costumbrista.
Las murgas, la voz de la calle
Las primeras murgas estuvieron estrechamente vinculadas a los sectores populares de la sociedad. Trabajadores del puerto, del carbón, peones y otros colectivos humildes encontraron en estas agrupaciones una forma de participar activamente en unas fiestas que, pese a las restricciones, continuaban formando parte de la cultura popular.
La crítica política y social se escondía entre la ironía, la picaresca y las situaciones cotidianas. En una época en la que los medios de comunicación apenas podían hacerse eco de estas actuaciones, las murgas encontraban en la calle su principal escenario y en sus letras una herramienta para expresar aquello que muchas personas pensaban.
La prohibición del Carnaval obligó además a buscar fórmulas alternativas. Algunas agrupaciones dejaron de utilizar la palabra “murga” y adoptaron el término afilarmónica, una denominación que terminó convirtiéndose también en una especie de guiño humorístico frente a las restricciones.
En 1954, los integrantes de la veterana Los Bigotudos adoptaron el nombre de Afilarmónica NiFú-NiFá, una agrupación que acabaría convirtiéndose en uno de los grandes referentes de la historia carnavalera de Santa Cruz de Tenerife.
Las letras debían superar el filtro de la censura y su elaboración no siempre resultaba sencilla. En ese contexto adquirieron protagonismo autores y personajes vinculados al humor popular, entre ellos Luisa Machado, Arturo Navarro Grau, Julio Pacheco y otras figuras que contribuyeron a construir un repertorio donde la crítica podía convivir con el ingenio.
Décadas después, en 1976, Las Palmas de Gran Canaria vería nacer a Los Nietos de Kika, una afilarmónica que aportaría su particular visión del humor y que abordaría asuntos de actualidad y cuestiones sociales desde una perspectiva caracterizada por la ironía y el ingenio.
Cuando reír también significaba resistir
El humor no estuvo al margen de la represión. Dibujantes, caricaturistas y artistas tuvieron que enfrentarse a las consecuencias de expresarse en una sociedad marcada por la censura.
Entre las figuras vinculadas al humor gráfico canario destacan nombres como Felo Monzón, Harry Gordon Beuster y Eduardo Millares, artistas que desarrollaron diferentes maneras de representar la realidad de las islas.
La prensa humorística estuvo sometida a importantes limitaciones y fueron pocos los periódicos autorizados para publicar viñetas. En ese escenario, la creatividad se convirtió en una herramienta para sortear las restricciones.
Felo Monzón llegó incluso a participar en la creación clandestina del periódico Fyffes durante su estancia en un campo de concentración, junto a Ortiz Rosales y Policarpo Niebla. Sus viñetas demostraban que incluso en circunstancias extremas el humor podía convertirse en una forma de comunicación y de resistencia.
La celebración de la Primera Exposición de Humoristas Canarios, en 1944, permitió reunir a una nueva generación de creadores que encontraron en el humor una manera de interpretar la realidad de las islas.
Entre ellos destacó Eduardo Millares, cuya obra incorporó una mirada profundamente vinculada a Canarias. Su personaje del “mago” se alejaba del estereotipo tradicional del personaje rural para convertirse en una representación del pueblo y de la identidad del Archipiélago.
Pepe Monagas y el valor de lo cotidiano
El humor canario también encontró una de sus grandes expresiones en el mundo rural y costumbrista. En este ámbito resulta imprescindible la figura de Pancho Guerra, creador de Pepe Monagas.
El personaje representaba una manera de entender Canarias desde la experiencia cotidiana, la sabiduría popular y el conocimiento de las costumbres de las islas. Pepe Monagas terminó trascendiendo su condición de personaje literario para convertirse en una referencia de la identidad canaria.
Su humor nacía de situaciones reconocibles y de una forma de hablar que permitía al público verse reflejado en sus historias. La cercanía fue precisamente una de las claves de su éxito.
La radio lleva el humor a todos los hogares
La radio desempeñó igualmente un papel fundamental. En una época en la que la televisión todavía no tenía la presencia actual y los medios estaban sometidos a un fuerte control, las voces y personajes radiofónicos consiguieron entrar en numerosos hogares canarios.
Figuras como Cho Pacheco, Seña Pepa y Cho Juan, interpretados respectivamente por Arturo Navarro, Genoveva del Castillo y Juan Rolo, contribuyeron a popularizar un humor basado en las costumbres, el habla y las situaciones cotidianas del Archipiélago.
Más allá de provocar la risa, estos personajes ayudaron a reivindicar una manera propia de hablar y de entender la vida. El acento canario, sus expresiones y sus particularidades se transformaron así en elementos de orgullo e identidad.
El humor se convirtió en una vía para aliviar tensiones y afrontar una realidad social complicada. La risa permitía compartir preocupaciones, reconocer problemas y, aunque fuera durante unos minutos, escapar de ellos.
De la Transición a los grandes escenarios
Con la llegada de la Transición, el humor comenzó a disfrutar de mayores espacios de libertad. La crítica pudo abandonar progresivamente algunos de los caminos ocultos que había tenido que utilizar durante la dictadura y ocupar escenarios, medios de comunicación y programas de entretenimiento.
En este nuevo contexto surgieron figuras como Juan Luis Calero, que recuperó muchos elementos del humor costumbrista y los trasladó a una sociedad que comenzaba a vivir una nueva etapa.
También destacó Manolo Vieira, uno de los grandes nombres del humor canario y pionero del monólogo en las islas. Sus historias partían de la vida cotidiana y de personajes reconocibles, especialmente de su entorno en La Isleta. Incluso algunos de sus personajes tenían una clara conexión con sus propios recuerdos de infancia.
Su éxito demostró que el humor canario podía partir de lo cercano y, al mismo tiempo, conectar con públicos mucho más amplios.
Un legado que forma parte del Carnaval
La historia del humor en Canarias demuestra que hacer reír nunca fue únicamente una cuestión de entretenimiento. Durante décadas, la ironía, la sátira y la creatividad permitieron mantener vivas determinadas expresiones de identidad en una sociedad marcada por las restricciones.
Y en ese recorrido, el Carnaval ocupa un lugar fundamental. Las murgas consiguieron mantener una tradición que pretendía ser silenciada, conservaron el espíritu crítico de la fiesta y transmitieron de generación en generación una forma muy canaria de entender el humor.
Desde aquellas primeras agrupaciones formadas por trabajadores hasta las murgas actuales, la esencia permanece: observar la realidad, transformarla en palabras y devolverla al público convertida en canción.
El Carnaval canario no solo ha sido fiesta, música, disfraces y diversión. También ha sido memoria, identidad y expresión popular. Y detrás de muchas de sus risas se encuentra la historia de una sociedad que aprendió a utilizar el ingenio para afrontar los momentos difíciles.
Porque, como resume la investigación de Ricardo Rizo, hacer reír también es un arte. Y en Canarias, ese arte ha encontrado en el Carnaval uno de sus escenarios más importantes y duraderos.