Antonio Benito Quintero López. Lagunero nacido al término de la Guerra Civil española, el 18 de septiembre de 1938. En San Benito (Aguere), donde tenía su domicilio familiar, lo conocen como Antonio; abajo, en el centro de La Laguna, como Benito.

A sus 83 años de edad puede presumir de haber sido componente del Orfeón La Paz de su ciudad natal más de la mitad de historia de dicha centenaria sociedad, que se constituyó en 1918, por lo que ha sido testigo de las dos etapas de oro con los maestros Manuel Hernández y Juan Ramón Vinagre; precisamente este último recibe hoy el tributo de otra rondalla, Las Valkirias, por su aportación a la lírica y a la Cultura.

Es más: Benito Quintero lleva más tiempo de rondallero que casado con su esposa. Este lagunero y uno de los rondalleros más decanos goza de gran popularidad no sólo por su implicación en el Orfeón sino también por su actividad que desarrolló como zapatero, y se apresura a precisar: «no de los que ponían tapas, sino de los que hacía zapatos a medida», como ocurrió en el taller de don Bruno que estaba en donde ahora se localiza la Óptica Rieu. «Tuve la suerte de aprender el oficio de arriba a abajo con los ocho zapateros que trabajaban allí. Yo me acuerdo de mis maestros, ellos no se pueden acordar de mí porque ya están fallecidos», comenta con su humor para quitar trascendencia al paso del tiempo.

Infancia y primer trabajo
No había cumplido doce años de edad, y ya Benito comenzó a trabajar, sin posibilidad de culminar sus estudios en el instituto. Vivía en San Benito, en la casa de su abuelo –donde todavía hoy se pueden identificar dos construcciones gemelas– y allí residía junto a sus padres y sus dos hermanos.

Entonces allí no habían sino fincas y grandes extensiones de terrenos. «La Laguna comenzaba en La Concepción», apostilla. Su abuelo era el encargado de la trilladora que existía en el lugar y la gente de la comarca llevaba el trillo a aquella era para que fuera trillado donde esta hoy el cuartel de la Guardia Civil. Su abuelo estaba casi ciego y era necesario mantener los ingresos, que era el sustento de la casa, y aprovecharon el que pequeño Benito sabía de cuentas y también de escritura. Así, aquel verano lo mandaron a trabajar con su abuelo, la campana de la trilla se alargó más de la cuenta por la cantidad de trigo y no volvió a estudiar.

Antes hace un alto para precisar que con trece meses sufrió la polio, lo que le ha limitado su movilidad. Pero sentencia: «He sido una persona afortunada». Por aquella fecha la enfermedad afectó a cuatro niños, de los que dos lograron superar la afección.

El padre de Benito trabajó en la subcontrata Piqué que prestaba servicios de mantenimiento en la Refinería, mientras su madre se dedicaba a la familia. Como el pequeño se había quedado sin matricular en el instituto por ir a ayudar en la trilla a su abuelo, hubo que buscarle un trabajo. Fue entonces donde el primo de una vecina de la madre de Benito, Maestro Chano, le abrió las puertas al que sería a la postre su oficio. Con él estuvo trabajando tres años y medio en la elaboración de zapatos a medida en un negocio que estaba en Marqués de Celada; luego pasó al taller de don Bruno, durante dos años, hasta que uno de los compañeros decidió independizarse y le ofreció sumarse a la aventura empresarial.

«¿Qué iba a decir yo cuando me ofreció ir con él y pasaba de cobrar 85 pesetas a 130?». Dicho y hecho.. Aceptó la invitación de José Hernández, que abrió el taller en la trasera del teatro Leal, en la antigua calle Capitán Brotons: zapatería Hernández, en donde estuvo quince años, etapa que coincidió también con la etapa en la que contrajo matrimonio y tuvieron dos hijos. Uno de ellos, aunque universitario, se trasladó a la Península y regenta también una peletería infantil, el otro continúa el taller que heredó de su padre. En la fachada, solo su nombre, Benito, y los dibujos de un zapato de hombre y otro de mujer lo dicen todo. La clave del éxito: «mis maestro me sacaron al mostrador», y eso le permitió conocer a los clientes y granjearse amigos.

Fueron casi 40 años en su taller propio, en la calle Marqués de Celada, donde conoció desde alcaldes de La Laguna a Andrés Acuña Dorta, hermano del regidor municipal de Santa Cruz Félix Álvaro Acuña Dorta, propietario de la Ferretería Acuña y que fue presidente del Orfeón La Paz, recuerda Benito de Andrés, que reconoció su buena voz.

La música y el Orfeón
Con dieciocho años, Benito conoce en su barrio natal a Antonio de Armas, a quien los vecinos llamaron Fotró por su enorme amor a la música, además de llevar siempre bajo el brazo un laúd que le acompañaba en todas las parrandas. Además de impartir clase de música para instruir en cualquier instrumento, salió por las calles de La Laguna en 1956 con una rondalla de Lo Divino para animar La Navidad, que también recorrió San Benito, «barrio al que se llamaba de Los Peludos porque había una vaquería y porque entonces muchos iban con una manta en los hombros. «Bajamos a La Laguna y cantamos en La Concepción, donde estaba la parada de guaguas, que entonces subían por la calle de La Carrera y bajaban por Herradores». Cuando iba con la rondalla Los Divino de Antonio de Armas, don Manuel Hernández, que iba en la guagua, se fijó en Benito, hasta el punto de que se lo comentó a Agapito Ferrera, vecino de la calle Maya y componente del Orfeón La Paz, quien le transmitió al zapatero si estaba interesado en formar parte de la institución.

Benito admite sus prejuicios por los problemas de movilidad. Finalmente accedió y don Manuel probó su voz y lo invitó a sumarse al coro. «Vente una temporada a escuchar, te pones en la cuerda de los bajos y te vas aprendiendo nuestras canciones». Fue en 1956.

Siguió el consejo, aunque admite que se encontraba fuera de lugar y después de tres meses, estando por fuera de la vieja sede del Orfeón La Paz, cuando estaba en la calle de La Carrera, le comentó a otro compañero que lo iba a dejar porque aquello no era lo de él. Aquella conversación le hizo cambiar de parecer y siguió hasta 2011 en activo como componente.

Directivo con 4 presidentes
Benito Quintero ha sido parte activa de la sociedad no solo como componente, sino también como directivo de cuatro presidentes, y hasta asumió en una época la vicepresidencia.

Entre los responsables de la sociedad, Benito recuerda a José Hernández Abrante, presidente del Orfeón del que asegura que no se le ha reconocido la labor que desarrolló para garantizar la continuidad de la sociedad, como quedó de manifiesto cuando la institución estaba en un edificio de la familia Oramas, en la calle de La Carrera. En aquella directiva Benito era delegado del Coro.

Dado que tenían que dejar la vieja sede, José Hernández Abrante se enteró que Luisa Machado, que vivía en una casa que estaba en la actual parcela sobre la que se levanta el Orfeón, quería vender la vivienda para trasladarse a un apartamento en Bajamar.

Practicante de profesión, José Hernández Abrante utilizó el remanente de los bailes que se organizaban de Carnaval y Fin de Año para la colecta que hizo entre todos sus conocidos para recaudar dinero que permitiera adquirir la parcela. «Por eso siempre he dicho que el Orfeón no solo es de La Laguna, sino también de personas de otros municipios. Antes se decía también que era el Orfeón La Paz que todo el mundo quería y que siento que ahora no es como antes ocurría», cuenta Benito.

Desde 1956 hasta 2011, cuando sufrió un taller en el infarto. «Me quedé muerto. No tenía previsto estar hablando ahora con usted», saca de nuevo a relucir su humor. Entre la afección cardíaca y las tres operaciones de espaldas a las que se ha sometido con la ilusión de ganar movilidad, quedó en un segundo plano su pasión por continuar en el Orfeón.

«Y usted se preguntará, ¿a qué me he dedicado yo en el Orfeón durante 56 años?», se interpela el propio Benito. Y otra dosis de humor: «Dios me quitó un poco de las piernas pero me ha dado una cháchara del carajo», para evidenciar que tiene más destreza en su verbo que con sus manos que denuncian durante décadas en la elaboración de zapatos. Fueron 56 años acompañando al Orfeón en todas las actuaciones y no sólo como uno de los bajos del coro, sino también actuando de maestro de ceremonia y presentación de las actuaciones de la rondalla.

Sobre el por qué decidió tomarse un descanso, Benito lo limita al propio peso de la vida, a las intervenciones quirúrgicas y molestias que ha tenido que superar, con dolor incluido, si bien deba traslucir que antes el Orfeón La Paz era parte de la vida de los laguneros, un pulso que siente que se ha permitido, al menos con la intensidad de la que disfrutó en el pasado.

Recuerda los sacrificios realizados tanto por presidentes y directivos como por los propios componentes del Orfeón La Paz para mantenerse fiel a la rondalla en el Carnaval. «El coro siempre ha sido de hombre, salvo en una edición que se hizo mixto por falta de componentes para evitar que dejara de participar en la fiesta». De ahí que Benito no entienda la ausencia este año del Orfeón La Paz por primera vez en su historia en el Carnaval de Santa Cruz de Tenerife, donde no actuará ni fuera de concurso en el certamen lírico del sábado 4 de junio.

«No lo comparto. El Orfeón tendría que estar siempre en el Carnaval. La matriz del Carnaval tendría que estar siempre en el Carnaval, máxime cuando el Orfeón es sinónimo de Carnaval. El Orfeón es Carnaval», habla con entusiasmo, para mostrar desconsuelo porque «ahora se aproxima la fiesta, se celebrará el concurso» y su rondalla no estará en el concurso. «Son quince días hablando de Carnaval y de rondallas hablando de rondallas, un género propio que nadie ha sabido copiar ni imitar».

Humberto Gonar eldia.es

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