Decenas de personas acampan durante días frente al Parque Santa Catalina, tejiendo una comunidad improvisada para asegurar las codiciadas entradas de la Gala Drag Queen. Historias de paternidad, tradición y apoyo familiar se entrelazan en la espera.
La verdadera gala comienza mucho antes de que se enciendan los focos. En la trasera del Parque Santa Catalina de Las Palmas de Gran Canaria, una fila de sillas, sacos de dormir y casetas de campaña dibuja desde el fin de semana un peculiar campamento urbano. No es una protesta, sino un rito anual: la espera para la venta física de entradas de la Preselección a Drag Queen del Carnaval, un evento cuyas localidades se evaporan en minutos tanto online como en taquilla.
Este año, a la cabeza de la cola, una promesa paternal dio calor a la madrugada. Manuel Jesús Espino acampó desde el sábado al mediodía impulsado por el sueño de su hijo Acorán, de diez años. “Es una promesa por mi hijo”, confesó el padre, poco antes de que se abriera la ventanilla a las 9:00 horas, entre los aplausos emocionados de la fila. Los Reyes Magos, en una carta de Baltasar, le habían asegurado al pequeño que “los sueños se cumplen”, y su padre estaba allí para materializarlo. Acorán, que ya hace sus pinitos en el mundo drag y el baile, verá por primera vez la gala en vivo. “Él me ha enseñado que este mundo es tan bonito”, reflexionó Espino, conmovido además por el compañerismo y la “humanidad increíble” encontrada entre los esperantes.
Tras él, una mezcla de veteranía y novedad definía la cola. Sandra Pérez, una institución en esta tradición, vio interrumpida su racha de 14 años como primera en la fila. “Algún día tenía que pasar, esto no es mío”, admitió con deportividad, alabando la dedicación de Espino. Sandra, que no se ha perdido ninguna edición en 26 años, planeaba volver en días sucesivos para repetir la hazaña con las entradas de la Gala de la Reina.
Entre los que esperaban no solo había espectadores, sino también protagonistas. Daniel Hernández, que se estrenará esta edición como Drag Ego, vio cómo su familia –su madre Teresa a la cabeza– pasaba la noche en vela para apoyarle. “Estoy muy contento de que venga toda la familia”, afirmó el candidato, consciente del intenso viaje que inicia.
La espera, de hasta 48 horas para los primeros, se sobrelleva con ingenio y solidaridad. Mientras Raquel Martínez y Laura Suárez jugaban a las cartas en una mesilla portátil “sobre todo por una hermana fan que vive fuera”, Arón Castellano llegó equipado como para una expedición: colchón, sábanas y caseta de campaña. “Estoy esperando para empadronarme aquí”, bromeó, justificando su esfuerzo: “Vale más la pena venir aquí y asegurarte”.
A las 9:11 horas se agotaron las entradas online. A las 11:12, las físicas. Pero lo que queda, más allá del cartón de acceso, es el relato de una comunidad pasajera unida por la ilusión, el frío compartido y la certeza de que algunos sueños, efectivamente, merecen una cola.