En los primeros minutos del domingo 1 de marzo, cuando el calendario acababa de cruzar la frontera invisible de la medianoche, la Plaza de Montserrat ardía en aplausos. Allí, bajo el cielo húmedo del norte palmero, la sardina prendió y el fuego volvió a sellar una de las tradiciones más queridas del carnaval insular: el Entierro de la Sardina de San Andrés y Sauces.

Había sido una jornada larga, intensa y profundamente popular. Desde la mañana del sábado 28 de febrero, el municipio vivió entregado a ese ritual que mezcla sátira y solemnidad fingida, luto exagerado y alegría sin complejos. Porque en Sauces, despedir el carnaval no es apagarlo: es celebrarlo hasta la última chispa.

 

El pueblo despierta en clave de carnaval

Las primeras horas del sábado ya respiraban ambiente festivo. Familias enteras, grupos de amigos, mascaritas improvisadas y vecinos veteranos tomaban posiciones en calles y plazas. La sardina —figura central, siempre distinta, siempre cargada de guiños a la actualidad— presidía la jornada como una reina condenada, sabedora de su destino.

En cada esquina se repetía la escena: risas, cámaras de móvil, saludos y ese comentario recurrente de quien ha visto pasar décadas de entierros: “Este año viene más grande”, “¿Te acuerdas de aquella que casi no ardía?”. Las anécdotas forman parte del patrimonio oral de la fiesta.

El cortejo: lágrimas de mentira, emoción verdadera

Al caer la noche, el tono cambió sin dejar de ser festivo. El cortejo fúnebre partió entre compases de charanga y redobles irónicos. Encabezando la comitiva, la música marcaba el paso de un duelo que nunca ha pretendido ser discreto.

Detrás, las inseparables viudas: vestidos negros imposibles, velos que apenas contenían carcajadas, maquillaje corrido a propósito y dramatizaciones que arrancaban aplausos. Cada año compiten —sin competir— por la escena más exagerada, por el desmayo más teatral, por la frase más ocurrente al paso de la sardina.

El recorrido se convirtió en un río humano que desembocó en la Plaza de Montserrat, epicentro simbólico y emocional de la noche. Allí aguardaban cientos de personas, muchas llegadas desde distintos puntos de La Palma, conscientes de que el desenlace es siempre el mismo, pero nunca igual.

Medianoche y fuego: el instante que lo cambia todo

La sardina fue colocada en el centro, rodeada por un perímetro expectante. El murmullo se hizo compacto. Las últimas bromas dieron paso a una cuenta atrás espontánea. Y entonces, ya en los primeros minutos del 1 de marzo, prendió.

El fuego iluminó rostros y fachadas, dibujó sombras sobre la plaza y arrancó un aplauso largo, sostenido. Algunos levantaban los brazos; otros grababan; muchos simplemente miraban. En ese instante breve —apenas unos minutos— se concentra el sentido de la tradición: quemar lo viejo para abrir paso a lo nuevo, despedir el exceso para regresar, poco a poco, a la normalidad.

Las llamas consumieron la estructura mientras la música retomaba protagonismo. El duelo había terminado. Comenzaba la última verbena.

Origen y memoria de una tradición con identidad propia

Aunque el Entierro de la Sardina es una costumbre extendida por la geografía española como cierre simbólico del carnaval, en San Andrés y Sauces ha adquirido rasgos propios. Aquí no es un simple acto final: es el acto central, el que articula todo un fin de semana de convivencia.

Vecinos recuerdan ediciones marcadas por el viento que obligó a retrasar la quema, por lluvias repentinas que no desanimaron a nadie o por sardinas tematizadas que satirizaban asuntos locales y globales. La creatividad artesanal en su elaboración es, cada año, motivo de orgullo colectivo.

Hay también historias pequeñas: el niño que desfiló por primera vez disfrazado de viuda, el abuelo que no falta a una edición desde hace décadas, la familia que convierte la fecha en punto de reencuentro anual. Son relatos que no salen en los programas oficiales, pero sostienen la fiesta.

Protagonistas: un pueblo entero

Si algo define este Entierro es su carácter comunitario. No hay espectadores puros: todos participan de alguna forma. Desde quienes cosen disfraces hasta quienes afinan instrumentos; desde los que organizan la logística hasta quienes simplemente llenan las calles.

Las charangas, las comparsas y los grupos musicales aportaron ritmo durante toda la jornada, prolongando la celebración más allá de la quema. Porque en Sauces el fuego no apaga la fiesta: la transforma.

El adiós que es promesa

Cuando las brasas comenzaron a apagarse y la madrugada avanzaba, quedaba en el aire una sensación compartida: misión cumplida. El carnaval se despidió como manda la tradición, entre ironía y emoción, entre luto fingido y alegría auténtica.

El Entierro de la Sardina volvió a demostrar que no es solo una cita festiva, sino un espejo de identidad. Un ritual que cada año renueva el vínculo entre generaciones y convierte a la Plaza de Montserrat en el corazón palpitante de un pueblo que sabe reírse incluso de sus despedidas.

La sardina ardió. El recuerdo queda. Y ya, casi sin decirlo, comienza la espera del próximo 20 de febrero de 2027.

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