La celebración, que se mantiene gracias al trabajo artesanal y al relevo generacional, llenará de betún, pieles y cencerros las calles de La Frontera el primer domingo y martes de Carnaval.
El municipio de La Frontera se prepara para vivir una de sus citas más distintivas y de raíces centenarias: la Fiesta de los Carneros de Tigaday, considerada el pistoletazo de salida del Carnaval en la isla. Se trata de un ritual único donde los participantes, ataviados con pieles y cencerros, persiguen a vecinos y visitantes para tiznarlos con betún, en una tradición que mezcla juego, identidad y patrimonio inmaterial.
El concejal de Fiestas, Norberto Betancort, define el evento como una “seña de identidad” fundamental para El Hierro. “Los Carneros no son solo un festejo puntual; forman parte de nuestro ADN como pueblo y marcan el inicio oficial de las fiestas en el municipio”, señala.
Una tradición recuperada y consolidada
Aunque sus orígenes se pierden en el tiempo, la celebración fue recuperada y revitalizada en el siglo XX por vecinos comprometidos con el folclore local. Desde entonces, según explica Betancort, “no ha dejado de crecer”. La clave de su permanencia radica en el trabajo de base, que incluye la transmisión de la tradición a los escolares y el esfuerzo logístico y artesanal durante todo el año.
“Tenemos mucha cantera joven que siente la fiesta como suya. Muchos estudian o trabajan fuera, pero regresan a la isla específicamente para esta cita, que para ellos es ineludible”, destaca el edil, subrayando el relevo generacional que garantiza su continuidad.
Logística para preservar la esencia
La organización, a cargo de la Asociación de los Carneros de Tigaday, implica un meticuloso proceso que dura meses: desde el curtido de las pieles en agua salada hasta el mantenimiento de los cencerros y el atrezzo. “Es un trabajo enorme y silencioso que se realiza durante todo el año para que esos dos días todo esté perfecto”, explica Betancort.
La fiesta mantiene sus fechas tradicionales, celebrándose el primer domingo de Carnaval y el martes siguiente. Si bien la esencia del ritual permanece inalterada, el consistorio ha tenido que implementar planes de seguridad, control de tráfico e información para los visitantes, adaptándose a los tiempos sin menoscabar el espíritu lúdico y comunitario.
Una invitación sensorial
Para quienes no la han vivido, Betancort describe la experiencia como “totalmente sensorial“, donde confluyen el sonido metálico de los cencerros, el olor de las pieles curtidas, la textura del betún y la energía de la carrera callejera. “Hay cosas que no se pueden explicar, hay que venir a sentirlas. La mejor manera de conocer las islas es sumergirse en sus fiestas más auténticas”, concluye, animando a descubrir este rito que convierte las calles de Tigaday en un escenario de tradición viva.