Durante años, el mundo murguero vivió atrapado en un debate tan insistente como estéril:
murgas masculinas contra murgas femeninas.
Un pulso innecesario que hoy, por fin, parece superado. Y no porque alguien lo haya impuesto, sino porque la realidad lo ha dejado sin sentido.
Las murgas femeninas ya no son una excepción ni una cuota simbólica.
Son presente, son peso y, sobre todo, son nivel.
Hoy representan prácticamente la mitad del concurso de Santa Cruz de Tenerife. Pero lo verdaderamente importante no es la cantidad, sino lo que ocurre sobre el escenario: año tras año, demuestran una evolución constante, una personalidad propia y una capacidad de competir de tú a tú con cualquiera.
Ahí están sus estilos, tan diversos como reconocibles:
la crítica afilada, el humor descarado, la ironía bien medida, letras trabajadas con identidad propia. Cada grupo aportando su sello, sin necesidad de comparaciones forzadas.
Por eso, aquel viejo debate ha quedado donde debía estar: enterrado.
Y menos mal.
Porque dividir el carnaval nunca fue la solución. De hecho, en su momento se llegó a plantear algo tan absurdo como separar concursos. Hoy suena impensable. Y eso ya dice mucho de cuánto hemos avanzado.
Pero cuando un debate muere… parece que necesitamos otro.
Ahora la conversación gira hacia otro frente:
las murgas del norte y su presencia en Santa Cruz.
Y aquí conviene tener cuidado.
Porque el riesgo es repetir el mismo error con distinto disfraz.
Plantear barreras geográficas en un carnaval que siempre ha sido encuentro, mezcla y crecimiento colectivo es, sencillamente, un paso atrás.
Sería injusto —y también incoherente— dejar fuera a murgas que han demostrado trabajo, calidad y compromiso solo por su procedencia.
El norte no resta.
El norte suma.
Suma nivel, suma competencia, suma riqueza al concurso.
Y sería muy difícil de explicar que agrupaciones que han crecido, que se han consolidado y que incluso vienen de firmar actuaciones destacadas en sus propios concursos, no tengan cabida en el escenario más importante.
Porque el carnaval no debería entender de límites, sino de talento.
Ya aprendimos que separar por género no tenía sentido.
No caigamos ahora en la tentación de separar por territorio.
El carnaval chicharrero no necesita muros.
Necesita seguir siendo lo que siempre ha sido en su mejor versión:
un espacio donde solo importa lo que se canta… y cómo se defiende sobre el escenario.