El emblemático duelo entre las dos agrupaciones cambió excepcionalmente de ubicación por las obras del Guimerá y reunió a cientos de personas en un ambiente de hermandad y recuerdo a José María Jiménez, figura vinculada a Bambas

La quinta edición de la ya tradicional “pelea de gallos” que protagonizan cada Sábado de Piñata las murgas Diablos Locos y Bambones tuvo este año un escenario diferente. Las obras de remodelación del Teatro Guimerá obligaron a trasladar la cita desde las escalinatas de este emblemático recinto hasta la plaza de la Iglesia de la Concepción, un cambio que, lejos de restar brillantez a la jornada, aportó un plus de cercanía y arraigo popular al evento.

Desde bien temprano, antes incluso de que el reloj marcara las seis de la tarde, cientos de seguidores se dieron cita en el nuevo enclave para no perderse ni un detalle de este pulso musical que enfrenta a dos de las agrupaciones con más solera del Carnaval chicharrero. La ironía, el ingenio y el respato mutuo volvieron a ser los protagonistas de una velada que, en esta ocasión, trascendió lo puramente festivo.

Una pausa en la rivalidad para recordar a los que ya no están

El tono habitual de pullas y picardía dio paso en esta edición a un momento de profunda emoción. Ambas formaciones decidieron aparcar su enfrentamiento dialéctico para elevar una oración carnavalera dedicada a José María Jiménez, persona muy vinculada a los orígenes de Bambas y, por consiguiente, de Bambones, cuyo fallecimiento tras una dura batalla contra la ELA ha conmovido al mundo de la fiesta.

El público, entregado, respondió con un respetuoso silencio que pronto se transformó en aplausos y lágrimas ante la evidencia de que, por encima de la competencia sobre las tablas, existe una hermandad forjada a lo largo de muchas décadas de trayectoria murguera. El momento culminante llegó con el “chío chío” conjunto, cuando ambas agrupaciones entonaron al unísono una estrofa especialmente dedicada:

“Y esta estrofa dedicada,
para un bambón eterno,
y conjunta la cantamos,
para un diablo el pulpo es nuestro.
Va por ti, José María, por Tom Carby y El Cotena,
por El Suspi y ahora piensa,
Diablos y Bambones vienen,
de murgueros con esencia”.

El ingenio y la picardía mantienen su sitio

Antes de llegar a ese instante de recogimiento, el público pudo disfrutar de un espectáculo cargado de humor y picardía. Los intercambios de pullas, verdadera esencia de esta cita, hicieron las delicias de los asistentes con letras llenas de dobles sentidos, comparaciones entre componentes de una y otra formación, y referencias internas que arrancaron carcajadas continuas.

Las coplas no dejaron títere con cabeza: desde los parecidos físicos entre algunos murgueros hasta el análisis pormenorizado y socarrón de los disfraces y la calidad literaria de las letras del contrario. Tampoco faltaron las críticas humorísticas dirigidas a la evolución del concurso o al siempre polémico debate sobre si el presupuesto o la creatividad resultan determinantes a la hora de alcanzar el ansiado primer premio.

La plaza convertida en escenario de la identidad murguera

Durante aproximadamente sesenta minutos, la plaza de la Concepción se transformó en un improvisado teatro al aire libre. La sátira, el recuerdo y la música se dieron la mano para demostrar que este formato, que ya forma parte del calendario sentimental del Carnaval, goza de excelente salud.

El numeroso público que abarrotaba el enclave respondió con entusiasmo a cada intervención, consciente de estar participando en algo que iba más allá de una simple confrontación entre dos agrupaciones rivales. Lo que allí se vivió fue, ante todo, una celebración de la identidad compartida por quienes hacen posible que el carnaval mantenga su esencia año tras año.

Un patrimonio emocional que se consolida

La “pelea de gallos” entre Bambones y Diablos Locos refuerza edición tras edición su condición de cita ineludible del Sábado de Piñata. Su capacidad para combinar la rivalidad más sana con el compañerismo más auténtico, la crítica más afilada con la emoción más sincera, y la tradición más arraigada con la actualidad más inmediata, la convierten en un evento único.

La jornada de este año dejó una enseñanza importante: el Carnaval también sabe detenerse cuando toca, guardar silencio cuando es necesario y unir sus voces para cantar juntos cuando la ocasión lo merece. Diablos y Bambones lo entendieron así y regalaron a su público una tarde para el recuerdo.

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