El concejal de Fiestas hace balance de una edición que consolida nuevos espacios y reivindica el modelo participativo como seña de identidad de la fiesta chicharrera
El Sábado de Piñata dejó imágenes multitudinarias en las calles de Santa Cruz de Tenerife. La última jornada del Carnaval 2026 congregó a miles de personas en una despedida por todo lo alto que, según el concejal de Fiestas, Javier Caraballero, ha supuesto “un nuevo cachetón de superación” para una celebración que parecía haber tocado techo en ediciones anteriores.
El edil no oculta su satisfacción. Todavía con lo que define como “resaca emocional”, Caraballero atiende a los medios para hacer balance de unos días que han dejado una participación que califica de histórica. “Pensábamos que no podíamos superarnos, y lo hemos vuelto a hacer”, resume, con la mirada puesta en los miles de disfraces que inundaron la capital tinerfeña.
Nuevos espacios consolidados
Uno de los aspectos que más destaca el concejal es la expansión territorial de la fiesta. “Santa Cruz ha ganado zonas”, subraya, mencionando dos ejemplos concretos: la calle La Noria, que por segundo año consecutivo se ha consolidado como punto de encuentro para los amantes de la música cubana, y la plaza de la Iglesia de La Concepción, que este año acogió actos tradicionales como el encuentro entre las murgas Diablos Locos y Bambones en un formato “más amplio y cómodo”.
Esta ampliación de espacios responde a una filosofía clara: descentralizar el ambiente y ofrecer alternativas diversificadas a un público cada vez más numeroso y heterogéneo.
La clave: el espíritu participativo
Preguntado por las claves del éxito, Caraballero no duda en señalar al verdadero protagonista. “En el Carnaval en la calle no tenemos absolutamente comparación con nadie”, afirma rotundo. Para el edil, lo que distingue a la fiesta chicharrera no es tanto la programación como la respuesta ciudadana.
“Lo que vivimos no se explica solo por el trabajo que hay detrás, sino por el espíritu y la pasión que le pone el chicharrero cada año”, reflexiona. Una implicación que, asegura, convierte cada edición en un fenómeno único difícilmente replicable en otros lugares.
Un equipo pequeño para un evento gigante
Detrás de la marea humana hay un engranaje administrativo que Caraballero reivindica con orgullo. El concejal recuerda que un equipo técnico “muy reducido” es capaz de coordinar un evento que moviliza a cientos de miles de personas.
“Sería impensable en cualquier otra parte del mundo organizar algo tan grande con un grupo tan pequeño”, señala, poniendo en valor la dedicación del personal municipal y del equipo artístico, a los que define como el alma invisible de la fiesta.
Fórmulas consolidadas
En el capítulo organizativo, el Ayuntamiento tiene claro qué cambios recientes han funcionado y cuáles se mantendrán de cara al futuro. El modelo de cuatro fases en las murgas adultas ha demostrado su eficacia, al igual que las dos fases de murgas infantiles, que han favorecido la concentración de público. La producción televisiva de los concursos también continuará como parte del formato actual.
“Cuantos más años pasan, más te replanteas cosas —explica Caraballero—: algunas para dejarlas como están porque funcionan muy bien y otras para introducir pequeñas mejoras”. Una filosofía de evolución pausada que busca equilibrar tradición e innovación.
Las galas, a revisión
Donde sí habrá un análisis más profundo es en el formato de las galas. El concejal reconoce que este apartado necesita una reflexión sosegada. “Es un modelo que arrastramos desde hace décadas y hay que pensar qué espectáculo queremos hoy”, plantea, sin querer adelantar decisiones sobre el equipo artístico del próximo año.
“No es momento de hablar de nombres, sino de reflexionar sobre lo que ha pasado y disfrutar de las mieles que nos deja esta edición”, zanja, dejando claro que cualquier modulación se abordará con calma y sin precipitaciones.
Prudencia ante el futuro
A pesar del éxito cosechado, Caraballero se muestra cauto cuando se le pregunta por los próximos pasos. “Cualquier cambio tiene que ser muy medido. El Carnaval está consolidado y eso obliga a actuar con responsabilidad”, advierte, consciente de que el peso de la tradición exige mover ficha con tiento.
El balance final, reconoce, no se limita a números de asistencia o impacto económico. Lo que deja esta edición es una sensación colectiva difícil de cuantificar pero fácil de percibir en las calles. “Eso no se compra, ni se vende, ni se inventa. Es algo que ocurre cuando muchas almas se unen con un mismo espíritu”, sentencia.
La frase, cargada de emoción, resume el sentir de un concejal que ha vivido intensamente unos carnavales que, una vez más, han vuelto a hacer historia.