Lanzarote despide a uno de esos nombres que, sin ocupar siempre los grandes titulares, sostienen la identidad colectiva de un pueblo. La reciente pérdida de Óscar Torres Perdomo deja un silencio profundo en el ámbito cultural y educativo de la isla, pero también una herencia sólida que sigue latiendo en cada archivo, en cada aula y, de forma muy especial, en el Carnaval.

Más allá de las fechas y los cargos, su trayectoria se entiende mejor como un compromiso constante con la memoria popular. Desde su infancia en Máguez hasta sus últimos años en Arrecife, Torres hizo de la enseñanza y de la divulgación cultural una forma de vida. Supo comprender que las tradiciones no son piezas de museo, sino relatos vivos que necesitan ser contados, ordenados y compartidos para no desaparecer.

En ese camino, el Carnaval ocupó un lugar central. No como simple fiesta, sino como espejo social de la isla. A través de años de trabajo paciente, impulsó proyectos digitales que rescataron fotografías, programas, pregones, vídeos y testimonios que hoy permiten reconstruir la historia del Carnaval arrecifeño generación tras generación. Ese esfuerzo cristalizó en el Gran Archivo del Carnaval, concebido como un espacio abierto donde la celebración se convierte en patrimonio común.

Su labor fue también un acto pedagógico. En las aulas, Torres transmitió a su alumnado la importancia de conocer de dónde venimos; fuera de ellas, demostró que la tecnología podía ser una aliada de la tradición. Iniciativas vinculadas a la historia local, a la cultura marinera y a manifestaciones emblemáticas como Los Buches ampliaron el alcance de un trabajo que siempre tuvo vocación pública.

El reconocimiento institucional llegó en vida: premios, homenajes y el honor de pregonar el Carnaval. Sin embargo, su mayor logro fue otro: conseguir que la memoria dejara de ser frágil. Gracias a su constancia, hoy el Carnaval de Arrecife no solo se vive en la calle, sino que también se estudia, se consulta y se preserva.

La isla pierde a un maestro y a un cronista, pero gana un legado que seguirá iluminando el valor cultural del Carnaval como expresión de identidad, resistencia y alegría compartida. En cada máscara, en cada ritmo y en cada recuerdo recuperado, permanece la huella de quien entendió que celebrar también es recordar.

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