Hay preguntas que nacen de la nostalgia, pero que también encierran una oportunidad. Una de ellas resurge cada cierto tiempo entre quienes han vivido el Carnaval de Santa Cruz de Tenerife desde dentro: ¿se puede recuperar la mascarita?
Para muchos, la mascarita no era solo un disfraz, sino una forma de entender la fiesta. En los años 70 y 80, su presencia era habitual en las calles. Bastaba un antifaz, una tela o incluso un rostro cubierto con ingenio para dar vida a un personaje anónimo que se movía entre la multitud con picardía. Y siempre, casi como un ritual, la misma frase: “¿Me conoces, mascarita?”.
Detrás de esa pregunta había algo más que una broma. Había juego, complicidad, creatividad. Personas que, amparadas en el anonimato, interactuaban con conocidos —y desconocidos— sin desvelar su identidad. Era un Carnaval más cercano, más espontáneo, donde el misterio formaba parte de la diversión.
Sin embargo, con el paso del tiempo, esa tradición fue perdiendo protagonismo. El crecimiento imparable de la fiesta —que hoy congrega a cientos de miles de personas— transformó el Carnaval en un espectáculo de masas. La antigua Fiesta de Invierno dio paso a un evento internacional, más visible, más organizado… y también más expuesto.
En ese nuevo escenario, la mascarita parece haber quedado relegada. Hoy predomina el disfraz vistoso, la foto, la presencia en redes sociales. El anonimato, en cambio, genera cierta desconfianza en una sociedad donde todo tiende a mostrarse.
Pero entonces surge la cuestión clave: ¿hemos perdido la mascarita… o simplemente hemos dejado de darle espacio?
Hace algunos años se intentó recuperarla con un baile de mascaritas en el entorno del antiguo mercado, junto al Teatro Guimerá. La propuesta buscaba precisamente eso: ofrecer un lugar donde la gente pudiera volver a esconderse para jugar, reír y relacionarse desde el anonimato. No terminó de consolidarse, pero dejó claro que el interés sigue latente.
Recuperar la mascarita no significa volver al pasado tal cual, sino adaptarla al presente. Tal vez no vuelva a ser mayoritaria en las calles, pero sí puede encontrar su sitio en propuestas concretas: noches temáticas, espacios acotados, actividades que reivindiquen la esencia de esa tradición sin perder de vista la seguridad y la convivencia.
Porque la mascarita nunca fue un problema. Al contrario, fue una de las expresiones más auténticas del Carnaval: la posibilidad de ser otro, de jugar sin etiquetas, de relacionarse desde la sorpresa.
En un tiempo donde todo parece girar en torno a mostrarse, recuperar el valor de lo oculto puede ser, paradójicamente, un acto de autenticidad.
Quizás no se trate de si la mascarita puede volver, sino de si estamos dispuestos a dejarle un hueco.
Y tal vez, cuando menos lo esperemos, entre la música, las luces y la multitud, alguien vuelva a acercarse con una sonrisa escondida tras un antifaz y nos susurre al oído:
“¿Me conoces, mascarita?”