El Carnaval de Santa Cruz de Tenerife tiene algo que lo hace único: su capacidad para sorprender incluso a quienes lo han vivido durante décadas. Cada edición trae su propio momento inesperado, ese instante que rompe cualquier pronóstico y recuerda que esta fiesta —declarada Carnaval de Santa Cruz de Tenerife— es, ante todo, emoción viva.
La elección de la Reina del Carnaval de 2026 nos regaló precisamente uno de esos momentos. Un instante que, más allá del brillo de las luces y de la espectacularidad de las fantasías, tuvo un componente profundamente humano y personal. Porque a veces el Carnaval no solo nos sorprende como espectadores; también nos interpela como testigos del paso del tiempo.
Confieso que para mí la coronación de este año tuvo un significado especial. No era simplemente ver a una candidata triunfar sobre el escenario del Recinto Ferial. Era ver a una niña convertida en reina. Una reina que, como dice el título de estas líneas, un día estuvo literalmente en pañales… y a la que yo mismo se los cambié.
Eso es lo que tiene dedicar la vida a la educación, por un lado, y al poder de la información por otro. Cuando uno se mueve durante años entre aulas, micrófonos y escenarios sociales, la vida termina cruzando historias de una manera casi inevitable. Los niños crecen, los jóvenes encuentran su camino y, de repente, un día aparecen en el escenario más emblemático del Carnaval convertidos en protagonistas de la fiesta.
Y ahí estaba ella. Magnífica. Radiante. Ferial, como decimos aquí cuando alguien llena el escenario con presencia y elegancia. En apenas tres minutos y medio dio todo lo que tenía. Todo lo que quería mostrar al público. Toda la ilusión acumulada durante meses de preparación para defender su fantasía, esa verdadera obra de arte que en el Carnaval no es solo un traje, sino un sueño hecho volumen, brillo y movimiento.
Entre tantas candidatas brillantes, el nombre de Carla Castellano también resonó en esa noche mágica del Carnaval chicharrero, recordándonos que detrás de cada fantasía hay historia, dedicación y una profunda pasión por la fiesta.
Tres minutos y medio bastaron para conquistar al jurado, al público y, seguramente, también a la historia reciente del Carnaval chicharrero.
Desde ese momento, comienza para ella un año irrepetible. Casi once meses por delante para ejercer el papel de imagen del Carnaval, para recorrer actos, escenarios y sonrisas. Para representar a toda una ciudad que vive su fiesta grande con orgullo y pasión.
Pero para algunos —para quienes la vimos crecer— esa corona tiene un significado todavía más especial. Porque detrás de la Reina del Carnaval sigue estando aquella niña espléndida que corría, reía y soñaba sin imaginar que algún día sería soberana de esta fiesta.
El Carnaval tiene esa magia. La de convertir a una niña en reina… y la de recordarnos, a quienes llevamos años mirando la vida desde la primera fila, que el tiempo pasa, sí, pero a veces lo hace regalándonos momentos que merecen ser contados.
Y este, sin duda, es uno de ellos. Porque hay coronaciones que se celebran… y otras que, además, se sienten.