La Gala de Elección de la Reina del Carnaval de Santa Cruz de Tenerife 2026 no solo consagró sobre el escenario a Carla Castro como la soberana de la fiesta. Horas antes, en una sala contigua al bullicio del recinto ferial, doce personas comenzaban a escribir, sin saberlo aún, el nombre de la ganadora. Entre ellas se encontraba Nayarit Desiree Herrera Herrera, una güimarera de 32 años que por primera vez cambiaba el sillón de su casa por una mesa de votación, y la emoción de la grada por la responsabilidad del jurado.
Su nombre no apareció en ninguna quiniela ni su rostro ocupó primeros planos, pero su voto, como el de sus once compañeros de jurado popular, contribuyó a tejer el veredicto que coronó a la representante de McDonald’s y EL DÍA con la fantasía “Icónica”, firmada por Alexis Santana. Un diseñador que, dicho sea de paso, lograba así su segundo cetro consecutivo.
Del sorteo al asiento reservado
Herrera, que confiesa sentirse carnavalera “desde que tiene uso de razón”, decidió inscribirse en el sorteo popular sin grandes pretensiones. “Lo hice casi por probar, sin esperar nada”, reconoce. Acostumbrada a seguir cada año la gala con su grupo de amigos y a hacer sus propias apuestas desde casa, la llamada que confirmaba su elección la tomó por sorpresa y, de paso, le regaló un asiento en primera fila del espectáculo, pero también en la trastienda de la decisión.
“Lo que viví allí dentro no tiene nada que ver con lo que se ve desde las gradas o a través de la pantalla”, asegura. Y es que su papel como jurado le permitió asomarse a ese universo paralelo que late detrás del telón, donde los diseños dejan de ser meras estructuras para convertirse en relatos de carne y lentejuelas.
Un sistema ágil y transparente
El proceso de votación, según detalla, fue “ágil pero riguroso”. Sin deliberaciones conjuntas ni debates, cada miembro del jurado emitió su voto de forma individual, condicionados por los tiempos marcados por la producción del espectáculo. “Nos explicaron todo con mucho detalle desde el área de Fiestas. Hubo un seguimiento constante y nos resolvieron todas las dudas. Fue un proceso serio y bien organizado”, subraya.
La elección final recayó en Carla Castro, una decisión que, asegura Herrera, coincidió en líneas generales con las valoraciones del jurado, aunque matiza que “la competencia fue especialmente reñida este año”. No en vano, sobre las tablas del recinto ferial desfilaron catorce fantasías que resumían meses de trabajo en los talleres de los diseñadores.
El backstage emocional del concurso
Pero si algo marcó a esta joven trabajadora social fue el acceso a lo que ella misma denomina “el backstage emocional” del certamen. “Cuando te explican el significado de cada traje, por qué llevan determinadas piedras, ciertas estructuras o símbolos concretos, cambias por completo la forma de mirar el diseño”, afirma con convicción.
Y es que, según su experiencia, el espectador medio apenas dispone de tiempo para asimilar conceptos que han requerido un año entero de gestación. “Las candidatas desfilan con mucha rapidez. El público ve belleza, brillo y plasticidad, pero no siempre entiende el mensaje que hay detrás ni el esfuerzo titánico que supone materializar una idea en un traje de varios metros”, reflexiona.
Precisamente esa es la reflexión que más repite tras su paso por el jurado: la necesidad de trasladar ese relato al gran público. “El carnaval es tradición, diseño, artesanía y, sobre todo, muchísimo trabajo invisible. Debería valorarse más todo lo que ocurre antes de que la candidata pise el escenario”, reivindica.
Una mirada profesional al servicio de la fiesta
Trabajadora social y coordinadora de un centro para personas con discapacidad, Herrera reconoce que su día a día profesional poco tiene que ver con el brillo y el glamour de la Gala de la Reina. Quizá por eso la experiencia resultó aún más significativa. “Salí de allí con la sensación de que el Carnaval también se construye desde dentro, con muchísimo esfuerzo colectivo que casi nunca se ve”, resume.
Lejos de los nervios iniciales, asegura que repetiría sin dudarlo. Porque si algo le dejó claro esta vivencia es que, además de coronar una reina, la gala celebra cada año una suma de talento, tradición y emoción colectiva que trasciende con creces lo que se ve sobre el escenario.
“Ahora, cuando vea la gala el año que viene por televisión, la miraré con otros ojos. Porque sé lo que ocurre en los minutos previos, la tensión que se respira entre bastidores y la cantidad de historias personales que encierra cada fantasía”, concluye. Un aprendizaje que, sin duda, la convierte en una espectadora diferente. Y también, en una carnavalera más consciente de la dimensión real de la fiesta.