Puerto de la Cruz vivió una nueva edición de su cita más disparatada y querida. La noche del viernes, las calles del casco antiguo se llenaron de color, equilibrio inestable y carcajadas con la celebración del Maratón Mascarita Ponte Tacón. Lo que comenzó como una broma entre amigos a finales de los años 80 se ha convertido, tres décadas y media después, en uno de los emblemas indiscutibles del Carnaval portuense, un espectáculo donde la risa es la única ley y los tacones, el vehículo obligado.
La prueba, que combina una exigente dosis de equilibrio con la imaginación más desbordante, transformó los adoquines históricos en una pasarela de locura. Los participantes, enfundados en los disfraces más insólitos, desafiaron la gravedad sobre sus zapatos de tacón mientras sorteaban obstáculos y se fundían con un público que celebra cada traspié, ya sea real o fingido. Balancines, cuerdas elásticas y los propios desniveles del pavimento se convierten en cómplices perfectos de una velada donde la meta es solo una excusa para compartir momentos.
El origen de una tradición única
Para entender la esencia de esta carrera hay que viajar a finales de los ochenta. Un grupo de inquietos amigos, vinculados a las actividades culturales de la entonces Universidad Popular, encontró en el teatro, el baile y los desfiles su caldo de cultivo creativo. De aquellas reuniones surgió una ocurrencia que, en lugar de quedarse en anécdota, echó raíces: ¿por qué no organizar una carrera sobre tacones por los empedrados del municipio?
Quien mejor lo recuerda es Juan Pedro Labrador ‘Lupita’, uno de aquellos visionarios del humor. “Lo que nació como una broma entre compañeros se ha convertido en la seña de identidad de nuestro carnaval”, rememora quien, tras ganar las primeras ediciones, acabó convirtiéndose en maestro de ceremonias junto a la reina del Carnaval de entonces, Candelaria Pacheco. De eso hace ya más de dos décadas, pero la llama sigue más viva que nunca.
De la artesanía a la institución
Las primeras convocatorias tenían un encanto artesanal que las hacía aún más especiales. Los dorsales se recortaban a mano, las pancartas se pintaban en tardes de trabajo colectivo y todo se resolvía a golpe de entusiasmo. Aquella precariedad inicial, lejos de ser un problema, cimentó el carácter popular y participativo de un evento concebido por y para la gente.
Con el paso de los años, el Maratón ha crecido en participantes y en organización, pero ha sabido preservar su espíritu original. El ritual comienza en los alrededores de la ermita de San Telmo, donde los concursantes se inscriben y pasan la preceptiva medición de tacones ante la atenta mirada del jurado. Desde allí, la comitiva se pone en marcha rumbo a la Plaza del Charco, en un recorrido que exige tanto equilibrio como capacidad para conectar con el público.
Más allá de la velocidad
En Mascarita Ponte Tacón, llegar primero no es lo importante. El verdadero triunfo reside en la originalidad y el desparpajo. Por eso, el palmarés premia categorías tan singulares como el tacón más resultón, la mascarita más tenaz o la fantasía con mayor poderío. A lo largo de la historia, los participantes han desfilado con auténticas obras de ingeniería doméstica: desde tendederos portátiles repletos de ropa hasta estructuras imposibles construidas con materiales reciclados tras meses de trabajo.
Ni el viento, ni la lluvia ocasional, ni los cambios políticos o generacionales han logrado interrumpir esta tradición. Al contrario, su fama ha traspasado fronteras insulares, atrayendo cada año a curiosos y valientes llegados desde otros puntos del archipiélago e incluso del extranjero, fascinados por una propuesta tan auténtica como inclasificable.
Una gran familia sobre tacones
Más que una competición, el maratón es una celebración de lo colectivo. Una gran familia festiva que utiliza la ironía, el disfraz y la participación ciudadana como la mejor fórmula para honrar el carnaval. Entre adoquines, equilibrios imposibles y risas contagiosas, Puerto de la Cruz demuestra, un año más, que la identidad de un pueblo también se construye desde lo lúdico y lo absurdo.
Treinta y seis años después de aquella ocurrencia de unos amigos, el Maratón Mascarita Ponte Tacón sigue avanzando. A veces tambaleándose, siempre riendo. Como la vida misma.