Cerca de sesenta ‘carneros’ y una docena de ‘locos’ tomaron las calles de Frontera en una celebración declarada Bien de Interés Cultural que mantiene vivo el legado pastoril de la isla
El silencio se rompió a golpe de cascabel. La tarde del Domingo de Carnaval volvió a transformar el barrio de Tigaday, en el municipio de Frontera, en el escenario de una de las tradiciones más arraigadas y auténticas del archipiélago: la estampida de Los Carneros. La primera de las dos salidas previstas este año congregó a cerca de sesenta ‘carneros’ y una docena de ‘locos’, en una jornada que mezcla el rito, el desorden controlado y la memoria colectiva.
Un privilegio reservado a los nacidos en la isla
No cualquiera puede formar parte del rebaño. Para integrar esta singular cofradía, declarada Bien de Interés Cultural desde 2018, es necesario cumplir dos requisitos fundamentales: ser natural de El Hierro, preferiblemente del municipio de Frontera, y haber alcanzado la mayoría de edad. Estas condiciones convierten la participación en un auténtico privilegio reservado a quienes llevan la identidad herreña en la sangre.
En la estampida de este domingo se dieron cita tanto veteranos como jóvenes aspirantes. Entre los primeros hay quienes superan el medio siglo de vida y acumulan décadas de experiencia bajo las zaleas. Los nuevos, por su parte, deben demostrar no solo conocimiento de la tradición, sino también un comportamiento adecuado y unas condiciones físicas que les permitan afrontar el exigente recorrido.
La organización corre a cargo de la asociación que vela por la pervivencia de la tradición. Semanas antes de la celebración, los miembros elaboran una lista de aspirantes, y no todos logran salir. Los ‘locos’, figura clave en la estampida, son elegidos entre los más experimentados por la responsabilidad que implica su papel: deben conocer el ritual a la perfección y garantizar el orden en medio del aparente caos.
Un rito que bebe de la cultura pastoril
Detrás de la algarabía y las carreras late un sustrato profundo vinculado al mundo ganadero. Durante siglos, la economía, el paisaje y la identidad de El Hierro estuvieron marcados por la convivencia con el ganado. De ahí surge la inspiración para imitar al carnero, líder de la manada y símbolo de fertilidad en numerosas culturas, como figura central de una parodia que hunde sus raíces en antiguas celebraciones populares.
A las cinco de la tarde, el rebaño partió desde la conocida como Casa del Miedo, la antigua finca de Benito Padrón, donde se custodian las pieles, las cabezas y el resto del atrezo. Allí se guardan también las zaleas y se incrementa cada año el número de ropas disponibles para los participantes.
Ataviados con pieles auténticas, los ‘carneros’ reproducen la estructura de un rebaño tradicional: avanzan guiados por los ‘locos’, se agrupan, se dispersan y persiguen al público entre sonidos estruendosos de cascabeles. El objetivo de los asistentes es esquivarlos para evitar el tizne o betún con el que marcan a quienes logran alcanzar, un recuerdo imborrable del encuentro.
Un pueblo que se transforma
El recorrido transforma por completo la fisonomía de Tigaday. Las calles, que en un día normal mantienen el ritmo pausado de la vida rural, multiplican su afluencia con visitantes llegados de toda la isla y de fuera de ella. El contraste entre el silencio expectante previo a la salida y el estrépito de los cascabeles cuando irrumpe el rebaño genera una atmósfera única, a medio camino entre el teatro y el rito ancestral.
La tradición estuvo a punto de desaparecer en el pasado, pero fue recuperada gracias al empeño de Benito Padrón y de colectivos locales que apostaron por rescatarla como seña de identidad. Tras él, su hijo Ramón, fallecido el año pasado, continuó la labor de mantener viva la llama. Esta edición ha estado marcada por el compromiso de preservar el legado de quienes dedicaron su vida a la celebración.
Memoria y futuro
Al caer la tarde, las últimas embestidas anunciaron el final de la jornada. El silencio volvió poco a poco a las calles, roto solo por los aplausos de un público que agradece el esfuerzo y la entrega de los participantes. Pero la tradición no se despide aún: el Martes de Carnaval está prevista la segunda estampida, que volverá a reunir al rebaño.
Más que un espectáculo, Los Carneros de Tigaday constituyen una recreación viva del pasado ganadero herreño, una manifestación que conecta a varias generaciones con su historia y que, gracias a iniciativas de conservación y divulgación, puede ser interpretada y comprendida durante todo el año.