La cita más singular del Carnaval capitalino reunió a decenas de artilugios flotantes fabricados con materiales reciclados en una tarde marcada por la espera y la fiesta en la costa
Puerto del Rosario vivió este domingo 15 de febrero una de las jornadas más esperadas de su calendario festivo. La tradicional Regata de Achipencos, acompañada del animado Carnaval de Día, volvió a demostrar por qué se ha convertido en un clásico imprescindible de las celebraciones carnavaleras en la isla majorera.
Una salida marcada por la meteorología
La climatología quiso poner a prueba la paciencia de los asistentes. Las condiciones adversas obligaron a retrasar el inicio de la competición, y no fue hasta pasadas las 14:00 horas cuando el primer achipenco se aventuró finalmente a surcar las aguas de la bahía. Pese a la espera, el público respondió con entusiasmo y llenó el paseo marítimo para no perderse el espectáculo.
Velocidad cero, imaginación al poder
A diferencia de las regatas convencionales, aquí lo último que se premia es la rapidez. El verdadero objetivo de esta peculiar travesía es deslumbrar con ocurrencia y originalidad. Los participantes, fieles a la filosofía de la prueba, hicieron gala de su destreza artesana con embarcaciones construidas a base de materiales reciclados, impulsadas únicamente con la fuerza de los brazos y las piernas.
Durante un recorrido de aproximadamente kilómetro y medio, los artilugios flotantes —conocidos popularmente como achipencos— ofrecieron un desfile marítimo donde el humor, la sátira y el color fueron los grandes protagonistas. El jurado, atento a cada detalle, tuvo la difícil tarea de valorar propuestas en las que se notaban las horas de esfuerzo invertidas y, sobre todo, el compromiso con un modelo de fiesta más sostenible gracias a la apuesta por el reciclaje.
Un emblema del Carnaval capitalino
Con los años, la Regata de Achipencos se ha ganado por derecho propio un lugar destacado en el imaginario colectivo de los carnavales de Puerto del Rosario. La cita atrae cada temporada a residentes y foráneos que buscan algo diferente: una expresión festiva genuina, alejada de los tópicos y muy pegada a la identidad local.
Una vez concluida la travesía, la fiesta saltó a tierra firme. El Carnaval de Día tomó el relevo y las calles del centro se llenaron de disfraces, música y ambiente familiar, prolongando una jornada en la que la tradición volvió a navegar de la mano de la diversión.
Puerto del Rosario revalidó así su condición de escenario único para una de las celebraciones más singulares del archipiélago, donde el ingenio popular sigue siendo el verdadero motor de la fiesta.