Existe una forma de entender la gestión de lo público que trasciende los manuales administrativos y los protocolos establecidos. Es aquella que se construye desde el conocimiento íntimo, el respeto y, sobre todo, el afecto genuino por aquello que se administra. Este es el caso de Joel Ramos, nuevo jefe de prensa de Fiestas, cuya trayectoria ejemplifica cómo el éxito de una celebración tan compleja y visceral como el carnaval no se mide únicamente en cifras de asistencia o impacto económico, sino en la coherencia, el cuidado y el amor con que se trata.
Su relación con el carnaval no es reciente ni circunstancial. Viene de lejos, de una pasión casi infantil, forjada en la cantera misma de la fiesta. Sus primeros recuerdos están ligados a la murga infantil Los Bambas, una experiencia fundacional que marcó para siempre su forma de sentir y vivir el carnaval. Pero su vínculo no se quedó solo en la infancia; se consolidó y creció con los años, pasando también por su participación en la agrupación musical Salsabor, donde vivió la fiesta desde otro flanco esencial: la música y el ritmo que le dan alma. Ese amor temprano y multifacético ha madurado con el tiempo, transformándose en el compromiso, el conocimiento profundo y el respeto por todo lo que el carnaval representa.
Y ese sentimiento es, precisamente, la clave del buen funcionamiento. En una fiesta que es emoción, tradición y comunidad, la gestión no puede reducirse a meros trámites administrativos o logísticos. Cuando hay implicación real y se conoce la fiesta desde dentro, cada decisión se toma pensando en el bien común y en el crecimiento genuino del carnaval. Se percibe la diferencia entre quien “gestiona un evento” y quien “cuida una tradición”.
Este enfoque tiene un impacto tangible más allá de los escenarios y las comparsas. Desde los medios de comunicación, podemos ratificar la estrecha y fluida colaboración que siempre ha existido. Nunca un “no” por respuesta, sino todo lo contrario: facilidades, predisposición y un trato cercano que permite realizar nuestro trabajo con tranquilidad y con las menores dificultades posibles. Esta actitud no es un detalle menor; es una elección estratégica que redunda en beneficios para la fiesta y para la imagen coherente y unificada que se proyecta de ella.
La transparencia y la accesibilidad evitan rumores, aclaran dudas y, sobre todo, permiten contar historias que reflejan la esencia del carnaval. En un momento en el que la desconfianza hacia las instituciones a veces parece la norma, encontrar puentes abiertos al diálogo y a la colaboración es un valor incalculable.
Este buen hacer, basado en el cariño y en una relación construida con paciencia y dedicación a lo largo del tiempo, genera una visión más justa y completa del carnaval. Porque quien lo conoce, quien lo ha vivido desde dentro y lo siente como propio, es quien mejor puede proteger su esencia, cuidar sus detalles… y también quien mejor puede facilitar que se informe sobre él con rigor y profundidad.
Al final, el carnaval es, sobre todo, personas. Personas que lo crean, lo disfrutan y, en algunos casos, tienen la enorme responsabilidad de velar por él. Con cariño se construyen las relaciones duraderas y de confianza. Y con ese mismo cariño, esa pasión que nace en la infancia y se transforma en compromiso adulto, es también como se construye y se garantiza el futuro de nuestra fiesta más grande.